Sin la cabra y sin la cuerda

¿Se consiguió en Venezuela con la ampliación de la superficie para uso agropecuario cierto grado de autosuficiencia alimentaria? Aquí, la respuesta a esta pregunta.

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Hace ya varios años –quizá unos veinte, o un poco menos–, las periodistas Teresa Sosa y Layisse Cuenca de Rincón escribieron para el Diario de Los Andes que entre los años 1980 y 2000 fueron destruidas en Venezuela alrededor de diez millones de hectáreas de bosques naturales, un promedio de 500.000 por año, y que gracias a la tala y quema de bosques, en Venezuela, las emisiones de carbono por habitante superaban por mucho a las de otros países en niveles similares de desarrollo; que, de hecho, duplicaban las emisiones promedio por habitante de países como Brasil, Argentina, México y Colombia, y que superaban aún las emisiones por habitante de países industrializados altamente contaminados, como Francia y Japón.

También escribieron esto: “Durante más de 20 años, Venezuela ha sido víctima de políticas destinadas a sustituir bosques naturales por actividades agrícolas, y la consecuente transferencia de tierras públicas a manos privadas. Aproximadamente el 75% de esta superficie corresponde a la conversión a la actividad agropecuaria de tierras originalmente cubiertas por bosques. La mayor parte de estos bosques, originalmente de carácter público, es ahora parte de la superficie agrícola del país, bajo propiedad privada”.

Continuaron así: “En 1982, el gobierno de Venezuela consideró que, para suplir la demanda de alimentos de la población venezolana en el año 2000, sería necesario ampliar la frontera agropecuaria de 24 millones de hectáreas en 1980 a 39 millones en el año 2000. Para 1998 la superficie agrícola se había efectivamente expandido a 32 millones de hectáreas. Sin embargo, Venezuela continúa registrando uno de los más altos índices de dependencia alimentaria de América Latina, manteniendo una peligrosa vulnerabilidad en un sector de particular valor estratégico para el país. Las importaciones representan hoy más de la mitad de la comida que se consume, a pesar de las severas limitaciones financieras que aquejan a la población venezolana y de los gigantescos subsidios otorgados por el Estado para la producción agropecuaria en los últimos 20 años. La dependencia alimentaria de Venezuela es tres veces superior a la de países como México y Colombia”.

¡Qué tremenda “bomba” escribieron esas señoras en aquel artículo! Y ¡qué contraste tan extraño, mi estimado lector! Se han destruido los bosques naturales venezolanos para destinar las tierras que estos ocupaban a las actividades agropecuarias y, con todo y eso, sigue siendo Venezuela un país incapaz de producir la mayor parte del alimento que se consume acá, de paso, con la propiedad de la tierra concentrada en pocas manos: hace unos años, el 75% de las tierras agrícolas del país estaba en manos del 5% de las propietarios agrícolas. En otras palabras, la sociedad venezolana se ha quedado como se dice coloquialmente en este país… “sin el chivo y sin el mecate”.

Hermoso atardecer de principios del pasado mes de septiembre ensombrecido por los niveles que ha alcanzado la deforestación mal encausada en el valle del río Jiménez, en el montañoso centro del andino estado venezolano de Trujillo. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.

Carvajal así no era

¿Es la clase política mundial la única responsable de que el hombre esté perdiendo en todo el planeta la guerra contra la crisis ecológica que él mismo ha generado? Aquí, una breve respuesta a esa importante pregunta.

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Hace unos 30 años, varias publicaciones prestigiosas expresaron de diversas formas la creciente preocupación mundial por el agravamiento del problema de la generación de desechos sólidos. Una de dichas publicaciones fue la revista Newsweek. En una de sus portadas apareció por esos días el titular “Enterrados vivos”. Y en la parte de adentro la revista declaró: “Exceso de basura. Nos encontramos a las puertas de una crisis ecológica”. Por su parte, la revista U.S.News & World Report tituló un artículo similar así: “Toneladas y toneladas de desechos y ningún lugar donde echarlos”. Por su parte, la revista Time anunció en negrita: “Basura, basura por todas partes. Los basureros están repletos, y hay pocas alternativas”. Y uno de los titulares de una de las ediciones del periódico francés International Herald Tribune de aquella época decía: “La basura de Occidente: una carga cada vez mayor para el Tercer Mundo”.

Como ya dije, todo eso era un perfecto reflejo de que muchos estaban en 1990 convencidos de que el hombre estaba perdiendo la guerra contra el exceso de basura que, obviamente, él mismo estaba produciendo. Y aquí están algunas pruebas de que estaban perfectamente justificadas esas publicaciones para estar así de alarmadas con el creciente problema de la generación mundial de basura. En los Estados Unidos, para el año 1990, se calculaba que el californiano de término medio tiraba unos 1.100 kilos de desperdicios al año; la ciudad de Chicago se enfrentaba al colapso de sus 33 vertederos, y diariamente se transportaban por las autopistas de ese país unas 28.000 toneladas de basura, la mayoría procedente de los estados de Nueva Jersey, Nueva York y Pensilvania, que sacaban cada año de sus límites unas ocho millones de toneladas de desperdicios. ¿Qué les parece?

Pasaron los años y el problema continuó creciendo. Se dice que para el año 2002 Estados Unidos producía en basura el equivalente en peso al agua que se necesitaba para llenar 68.000 piscinas olímpicas. ¡Una locura! Es más, se calculó en aquellos días que con solo la basura generada por la gente de Nueva York durante un año, se podrían enterrar bajo 4 metros de desperdicios las 341 hectáreas de Central Park. También se llegó a calcular, empezando los años dos mil, que Alemania producía en basura todos los años como para llenar un tren de carga de unos 1.800 kilómetros de longitud. Y se dijo que una familia británica promedio consumía al año el equivalente en papel a 6 árboles. De Japón también se llegó a decir en esos tiempos que para el año 2005, su capital, Tokio, y 3 ciudades vecinas, tendrían un excedente de basura de tres millones cuatrocientas mil toneladas.

Los años han seguido transcurriendo y es obvio que el problema ha alcanzado en todo el planeta niveles estratosféricos. Y una triste prueba de la certeza de esta declaración es lo que ocurre con el problema de la generación de basura, y su posterior colocación final, en Carvajal, el municipio en el que vivo, aquí en Trujillo de Venezuela. Reconozco que el fenómeno ambiental este no es un problema nuevo en el Carvajal de hoy. Y una prueba de que eso es así es lo que escribí hace unos 15 años en la primera edición de mi libro Idilio con el valle del río Jiménez. Dije respetuosamente en una de sus páginas que la Alcaldía de Carvajal debía buscarle solución al problema que se suscitaba en la forma como las personas que vivían cerca de Puente Chama, en la vía de El Amparo a Campo Alegre, sacaban la basura que producían a la calle para que después se la llevara el camión del aseo urbano. Dije también que el panorama allí no era nada atractivo, ni para los que habitábamos en Carvajal, mucho menos para los que nos visitaban. Y hasta hice referencia a la mala costumbre que tenía mucha gente de lanzar basura a las quebradas –así les decimos por aquí a los riachuelos–, como ocurría con la llamada El Chama-El Carachito y con la que bajaba entre los sectores semiurbanos de La Matera y Cuba. También escribí en Idilio con el valle del río Jiménez, un poco para hablar de la responsabilidad compartida de varios sectores de la sociedad venezolana en el desastre ambiental que para esos años ya se nos había venido encima en toda la nación, de que a mediados de diciembre de 2004 fui testigo de cómo el chofer de un camión de basura de la Alcaldía de Pampán vaciaba todo el contenido de dicho camión en una de las carreteras de acceso al mal llamado relleno sanitario de Jiménez, cuando se le impidió la entrada a ese “relleno” por no estar al día esa municipalidad con el pago del respectivo impuesto.

Sí, están puestas por escrito en el párrafo anterior pruebas de que hace varios lustros ya teníamos aquí en Trujillo problemas con nuestros desechos. Ahora bien, dejé ver por allí que lo que hemos estado viendo a nuestro alrededor últimamente es una prueba clara de que el problema ya se salió de control por estos predios también. ¿Cómo están exactamente las cosas en ese sentido acá en estos días en los que empieza a despedirse este convulso año 2020? Dense ustedes mismos la respuesta a esa pregunta, estimados lectores, viendo el documental que recientemente la fotoperiodista Daily Delphin Godoy y yo preparamos al respecto, y cuyas fotos pertenecen al banco de imágenes de Caminos de América. Verán entonces la relación entre lo que están leyendo y el título del artículo. Siento que no pueda decirles que lo disfruten. Hasta pronto. No lo olviden: ¡vienen tiempos mejores!

Basurero en la avenida principal de Carvajal, frente al llamado cementerio viejo. Foto: Daily Delphin G.
Basurero en el sector La Horqueta de Carvajal formado, según algunos vecinos, por una parte de los ocupantes del conjunto residencial Mi Consuelo, al fondo de la fotografía. Foto: Daily Delphin G.
Basurero, formado también por buena parte de los vecinos del sector, en la parada de transporte público de La Horqueta de Carvajal. Foto: Daily Delphin G.
Como bien lo muestra esta fotografía, nada logró el que, de paso con letras en color verde, el color del movimiento ambientalista, y con todas las buenas intenciones del mundo, escribió en esta pared, cerca de la parada de La Horqueta, una advertencia para que no se echara basura en el lugar. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basura abandonada a orillas de la carretera en la parte alta de El Amparo, cerca del sector La Horqueta, en uno de los tramos tradicionalmente más hermosos de la avenida principal de Carvajal. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basurero formado por algunos de los residentes del sector El Amparo de Carvajal, en una de las esquinas de la plaza Negra Matea. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Esquina de la plaza Negra Matea, El Amparo. Poco después de que uno de los escasos camiones de aseo urbano que atiende el municipio retirara la basura que se vio en esa esquina en la foto anterior, ya la gente del sector había depositado allí la que se ve en esta fotografía. ¿Quiénes entonces son los principales responsables de este desastre ambiental que se vive en Carvajal? Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basurero cerca del centro comercial de El Amparo, frente al llamado callejón Tres. Se ha visto hasta a vecinos de La Cejita, sector ubicado a varios kilómetros de aquí, venir en motos hasta este sitio a dejar basura abandonada allí. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Como no se retiró la basura que se ve en la fotografía anterior, un par de días después, al descomponerse los desechos orgánicos que eran parte de esta, este buitre, llamado en Venezuela zamuro, se acercó al sitio para ver qué se podía llevar al pico. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Aunque minúsculo en comparación con otros, este, ubicado en el otro extremo del centro comercial de El Amparo, diagonal a la sede de la Alcaldía de Carvajal, es uno de los basureros más malolientes del municipio. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Aunque saben que así obstruyen el paso peatonal por esta acera de El Amparo, frente a la estación de telefonía del lugar, y que para poder seguir adelante, los transeúntes tienen que abrirse hacia la carretera con el consecuente peligro de que algún vehículo los atropelle, algunos vecinos siguen empeñados en que esa esquina sea uno de los nuevos vertederos de basura del municipio. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Horrendo basurero en la parada de transporte público del emblemático sector Puente Chama, en la vía de El Amparo a Campo Alegre. A pesar de los esfuerzos de algunos de los residentes del lugar para mantenerlo limpio, muchos vecinos siguen lanzando basura de todo tipo allí. Arrojar basura en una parada es una manera de reflejar el profundo desprecio que se siente por el bienestar del semejante. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Ni siquiera porque el autor de la advertencia pintada en el portón que se observa en la fotografía cometió el error, quizá para acentuar la seriedad de dicha advertencia, de escribir la palabra botar con dos r, la gente de un sector de Campo Alegre desistió de la costumbre de abandonar basura aquí, diagonal al instituto de educación Rafael Quevedo Urbina. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Cerca del basurero que se ve en la foto anterior, los vecinos formaron este, entre la sede de Industrias Kel y la conocida urbanización Vista Alegre. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Se sigue en Carvajal con la costumbre de arrojar desechos sólidos al cauce de las corrientes de agua pluvial de la zona, como se ve aquí entre el llamado callejón El Limón, el barrio Aeropuerto y el sector conocido como La Vigorosa, sabiendo que así se contribuye al posible desborde de dichas corrientes cuando llueve torrencialmente. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Los basureros, como el que se ve en esta fotografía, de la carretera rural que lleva de Campo Alegre a San Pablo de Jiménez, atrás de la urbanización Bolivariana, le restan grados a la gran belleza natural de ese lugar. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basurero cercano a una de las paradas de transporte público del sector Colón. Aunque los políticos en el mundo entero hace rato que vienen perdiendo la guerra contra el problema de la generación de todo tipo de desechos, la gente común, lo que se conoce ahora como sociedad civil, los pueblos, también tienen grado de culpabilidad de lo que está pasando aquí en Carvajal, y en el mundo entero. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basurero en la llamada carretera vieja de Carvajal a Valera. Es lamentable que la inconsciencia de la gente le reste brillo a vías con un descomunal potencial turístico como esta. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu
Buitres dándose un festín en el basurero que la gente formó en el mirador de la carretera principal de Valera a Carvajal, en el lugar en el que se fracturó el muro tras el impresionante aguacero de la tarde-noche del martes 30 de noviembre de 2010, en plena vaguada atmosférica de ese año. Da la impresión de que la fractura de dicho muro, que nunca se reparó, le dio como una especie de permiso a la gente para convertir ese hermoso lugar en el asqueroso paraje que hoy es. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Basurero en la conocida bajada de Chimpire, corto tramo vial pero con gran potencial turístico, en el norte del municipio Carvajal, fotografiado en la lluviosa tarde del pasado sábado veintiséis de septiembre. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.
Uno de los horribles pequeños basureros que le restan brillo a la pintoresca belleza natural de la carretera rural de Mesa de Chipuén, en el nordeste del municipio Carvajal, fotografiado al anochecer del pasado sábado 26 de septiembre. Buena parte del pueblo carvajalense tiene que asumir su responsabilidad en haber convertido al municipio en lo que ambientalmente hoy es. Foto: Oswaldo de Jesús Briceño Abreu.

Fondo sucio

¿Cuál es el efecto sobre los mares y océanos de la gran cantidad de desechos sólidos que la gente arroja en las corrientes de agua que desembocan en ellos? ¿Estarán condenados a la ruina los fabulosos cuerpos de agua del planeta Tierra por el irresponsable estilo de vida del ser humano?

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Yo… vivo en el centro de la provincia venezolana llamada Trujillo, en la baja montaña del norte de los Andes venezolanos, más concretamente, en un municipio de unos 80 kilómetros cuadrados de extensión llamado San Rafael de Carvajal. La sección urbana de este municipio, en el que estoy residenciado desde que mis padres me sacaron del hospital en el que nací, en la vecina ciudad de Valera, está asentada sobre una terraza llamada también Carvajal, que ocupa buena parte de su territorio, terraza formada con el paso de los años por el milenario fluir de los ríos Motatán y Jiménez. Bien, en el corazón de dicha terraza, más exactamente en un sitio conocido como La Horqueta, nace o… nacía, mejor dicho, una quebrada –por aquí les llamamos a los riachuelos quebradas– llamada El Chama. En ese lugar todavía hay algunas cosas que nos hablan de la antigua gloria de ese cuerpo de agua y de su fuente: algunos árboles autóctonos preciosos y un minúsculo pero muy hermoso bosque de bambú, al cual siempre la naturaleza se encarga de hacer revivir después de que algún irresponsable le prende fuego en la época seca del año. Tan silvestre debió haber sido ese paraje en el pasado que, respecto a él, el geógrafo trujillano Américo Briceño Valero, en su legendario libro Geografía del estado Trujillo, hace cerca de cien años escribió que el nacimiento de El Chama estaba “en las montañas de El Amparo”, palabras que dejan ver lo diferente que era en esos tiempos el paraje en cuestión, cuyo paisaje hoy ha sido modificado por la abusiva ocupación de su territorio con viviendas unifamiliares y cualquier cantidad de conjuntos residenciales.

Hace unos decenios, El Chama era una corriente de agua tan limpia y de caudal tan regular, que en su niñez, varios amigos míos, hoy de edad madura, se zambullían en sus aguas especialmente cuando el riachuelo crecía por causa de las lluvias, así como también cuentan de las muchísimas tortugas que se conseguían en él, además de la gran cantidad de peces de diferentes tamaños y colores que se veían en un permanente ir y venir en casi todas sus pozas. Pero hoy, en las postrimerías del primer semestre de este año 2020, El Chama no es ni la sombra de lo que era antes, pues desde hace unos años para acá se ha ido convirtiendo en una vía de transporte de las aguas cloacales sin tratar altamente malolientes de varios barrios y urbanizaciones del centro del municipio, y de las aguas de escorrentía de varios tramos carreteros asfaltados que, como casi todos sabemos, transportan sustancias químicas y aceites de motor que degradan enormemente los recursos hidráulicos. Pero por el cauce de esta corriente no solo bajan ahora grandes cantidades de agua contaminada con desechos cloacales y otras cosas indeseables, ya que, además, se ha convertido El Chama en la vía de transporte de buena parte de la basura doméstica sólida de la mitad del Carvajal urbano, problema que ha tomado visos de extrema gravedad cuando, a la inconsciencia de la gente y su falta de aprecio por nuestro entorno natural, se le ha juntado la forma tan irregular como se presta el servicio de aseo urbano en la zona. Y tan grande es la cantidad de basura sólida que se arroja a esta quebrada que, varias veces, cuando he salido a correr un rato al norte y atravieso el tramo vial por debajo del cual pasan las aguas de El Chama buscando desembocar en el punto en el que se encuentran los ríos Motatán y Jiménez –allí ya se le llama al riachuelo con el nombre El Carachito–, he tenido que parar allí por el asombro que me produce la descomunal cantidad de botellas plásticas de refrescos y productos de limpieza que alguna crecida de la quebrada ha arrastrado desde la parte alta de la terraza carvajalense, y de algunas de sus terrazas y mesetas satélites, y que quedan acumuladas en la boca del túnel por el que esta discurre. Alguien a quien le preocupa lo afeado que se ve el lugar en el que El Chama-El Carachito ha ido acumulando poco a poco las botellas de plástico que la gente le arroja en la parte alta, pudiera respirar aliviado cuando alguna crecida aún más violenta de la quebrada saca las botellas de la entrada del túnel y las transporta a otro lugar. Quien se alegra por eso es porque no ha entendido que la basura de cualquier tipo que se arroja a las corrientes fluviales, con el paso del tiempo termina en el fondo de los océanos, contaminándolos, afeándolos y perjudicando a las criaturas que los habitan, una triste muestra de que una irresponsable acción humana de un lugar en concreto, termina generando consecuencias con el paso del tiempo en lugares de la Tierra lejanos al sitio en el que el problema comenzó. En el caso de los que arrojan basura doméstica sólida a las aguas de El Chama, estos inconscientes no saben que con esa práctica están contribuyendo al posible desborde de la quebrada y sus afluentes cuando llueve, pues las embravecidas aguas ven interrumpido su libre fluir porque su cauce ya se encuentra ocupado por la basura, y, además, así hacen que vayan a parar al Jiménez –el río al cual fluye El Chama-El Carachito–, al Motatán –el río en el que desemboca el Jiménez–, al lago de Maracaibo –cuenca a la cual alimenta el Motatán– y quién sabe si más lejos –al mar Caribe o al océano Atlántico–, botellas de vidrio que tardan mil años en descomponerse, pañuelos desechables que tardan tres meses, colillas de cigarrillo que contaminan el mar por cinco años, bolsas de plástico que lo contaminan de diez a veinte años, productos de nailon de treinta a cuarenta, latas que lo ensucian durante quinientos años y productos de poliestireno que lo hacen durante mil años. ¡Casi nada! Tanto se sabe ahora de la gran cantidad de años que tienen que transcurrir para que el planeta descomponga los plásticos y los desaparezca, que se han atrevido con preocupación algunos a decir que la existencia del plástico desechable no parece tener fin, desechos, por cierto, producidos por una sociedad de consumo, “generadora de productos desechables” –como la define la revista ¡Despertad!–, de la que no se va a erradicar pronto por iniciativas humanas los hábitos que la han convertido en una sociedad de ese tipo, aficionada de manera casi obsesiva a los productos de usar y tirar, tanto, que la misma revista ¡Despertad! dice que es posible “que algunos lectores se pregunten cómo podía funcionar el mundo antes de la era del plástico”.

Hace unos días me enteré, viendo un breve documental en el canal alemán DW, que el 90 por ciento de los nidos del pingüino de Magallanes, en el extremo sur del continente americano, están contaminados con plásticos que los vientos y las corrientes oceánicas han transportado hasta el lugar en el que habitan estas fabulosas criaturas, basura que proviene casi toda de la austral ciudad argentina de Usuaia. ¡Qué lamentable! Una triste muestra, como pasa en la microcuenca de El Chama-El Carachito, como pasa en todo el planeta Tierra, de que, como ya dije, una acción humana irresponsable llevada a cabo en un lugar en concreto, genera graves consecuencias posteriormente en parajes muy lejanos al sitio en el que el problema comenzó, en vista de que todo en el planeta está interconectado, estrechamente interconectado. Y eso que no he hablado acá hasta ahora de la gran cantidad de criaturas marinas que mueren ahogadas, o con las vías gástricas obstruidas, cuando han consumido desechos plásticos que han confundido con cosas con las que ellas regularmente se alimentan. Por supuesto que no pensaba en eso la inconsciente bañista a la cual le llamé la atención en el río Jiménez hace cosa de unos veinte años por dejar abandonada sobre una roca del cauce del río una bolsa plástica transparente en la que ella y sus compañeros habían llevado hasta el lugar hielo para enfriar las bebidas alcohólicas que habían estado consumiendo –¡adónde hubiera ido a parar esa bolsa cuando alguna de las crecidas del río o el viento la hubiera movido de allí!–. La mujer no solo se negó a llevarse la bolsa cuando respetuosamente se lo pedí –otra persona sí la retiró–, sino que también me dijo, aludiendo a mi preocupación por lo que su grupo estaba dejando atrás, esto: “¡Qué! ¿El río este es tuyo?” ¡Así me contestó! Un lamentable ejemplo de que a la mayor parte de la gente no le preocupa en absoluto el efecto de nuestro estilo de vida sobre nuestros ríos, mares y océanos, y sobre todo el planeta que el Creador nos ha dado para vivir. ¡Qué bueno que vienen tiempos mejores! Porque pronto se va a cumplir la profecía bíblica de que Dios va a arruinar a los que están arruinando la Tierra, y de que él dejará viviendo sobre el planeta solo a las personas que se comprometan de corazón a darle a nuestra gigantesca casa global el respetuoso trato que sus mares, océanos y toda ella se merecen. ¡Vienen tiempos mejores!

Según el informe Plastic waste inputs from land into the ocean, anualmente pueden llegar al océano entre 5 y 13 millones de toneladas métricas de plástico . Foto: renovablesverdes.com