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El hombre y su temor por el futuro (10 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Finalmente, la décima forma de cómo los científicos creen que nuestro amado planeta puede ser destruido es la conversión del Sol en supernova. Esto consiste en que la estrella sufre un colapso gravitatorio en su candente núcleo y luego explota, enviando sus partículas al espacio que la rodea a una velocidad que puede alcanzar los 50 millones de kilómetros por hora. La última de estas explosiones que se produjo en la Vía Láctea data de hace unos 415 años atrás. Ahora bien, los astrónomos dicen que es seguro que dentro de unos 5.000 millones de años nuestro sol agote su reserva de hidrógeno, su centro entonces colapse y una bola de fuego de gigantescas proporciones recorra el sistema solar arrasando con todo a su paso.

No obstante lo que acabamos de ver, usted, mi estimado lector, puede tener la plena seguridad de que la Tierra existirá para siempre, pues su Magnífico Creador se encargará de que sea así. La Biblia, un libro que lo que anuncia siempre se cumple, dice claramente que el Hacedor de este planeta que muchos amamos con increíble pasión se va a encargar de que este exista para siempre. Dice que Dios creó la Tierra para que sirviera de hogar eterno de la humanidad. Muestra claramente que la existencia de este planeta y la de todo el complejo y vasto universo que la rodea no es producto del azar. Presenta pruebas de sobra de que alguien muy inteligente los diseñó, y muchísimos hombres de ciencia reconocen eso, como lo hace, por ejemplo, Paul Davies en La mente de Dios, otro de sus famosos libros.

Mariantonietta Peru, representante de UNICEF, quien cruzó con su esposo, Michael Asher, escritor inglés experto en camellos, el desierto del Sahara en 1986, dijo, cuando iban por el Sahara Central lo siguiente: “Esta inmensidad te hace sentir humilde. Todo está tan bien equilibrado, que debe haber una mente rectora detrás de esto. En realidad, el desierto es el lugar apropiado para encontrar a Dios”. Uno de sus guías se expresó así: “¡Quienes crean que Alá no existe deben de estar ciegos! ¿Quién se imaginan que hizo todo esto?” Igualmente, Eugene Cernan, tripulante del Apolo 17, y el último hombre que hasta ahora ha pisado la Luna, dijo, cuando viajó por primera vez al espacio exterior y miró hacia la Tierra, que “nadie que en sus cinco sentidos pudiera contemplar aquel prodigio se atrevería a negar la existencia de un Ser Supremo. Algún poder puso el Sol, la Luna y nuestro pequeño mundo en medio de las tinieblas. Tan perfecto es el Universo que no puede existir por accidente”. De dos números distintos de Selecciones del Reader Digest tomé los comentarios anteriores.

Aparte de lo que dice el párrafo anterior, con respecto a la Tierra y la vida que la habita, la revista Scientific American se expresó así: “Cuando miramos el Universo e identificamos los muchos accidentes de física y astronomía que han colaborado para beneficio nuestro, casi parece que en algún sentido el Universo tenía que haber sabido que nos presentaríamos aquí”. Una de las hijas del famoso escritor chino Lin Yutang, la que de las tres se dedicó al periodismo, recuerda que cierta noche su sabio padre la llamó al jardín de su casa y le señaló una araña que tejía su tela en un rosal iluminado por la luz de la oficina del escritor. Yutang y que gritó: “¡Mira eso! ¿No es asombroso que una araña sepa tejer tan maravillosa red y atrapar su alimento en ella?” Luego le enseñó que, aunque algunos detestan la telaraña, cuando algo está en su lugar y cumple con su función es hermoso. Leí acerca de esto en Selecciones del Reader Digest de octubre de 1990

Al igual que la telaraña que observaron los Lin, la Tierra está en su lugar y cumple con su función, y los comentarios anteriores muestran que, al igual que yo, mucha gente informada está segura de que Dios la hizo, y la Biblia dice que él se encargará de que exista para siempre, pues, ¿parece lógico que un ser tan sabio haga una maravilla como esta para que dure solo unos cuantos años y después permita que se esfume del universo o la destruya él mismo? ¡No! Pero a quienes Dios sí va a desaparecer dentro de poco de la faz de la Tierra es a los que la han llevado al borde del colapso, y dentro de ese grupo se encuentran los políticos, los egoístas, irresponsables y codiciosos empresarios, y muchísimas otras personas que por su actitud hacia nuestro entorno muestran que hasta el mundo que legarán a sus hijos les importa un bledo.

Cierto, dentro de poco, Dios sacará de la escena terrestre, tal como el dueño de una casa le anula el contrato de arrendamiento a los inquilinos que le han dañado su propiedad, a los elementos visibles e invisibles que han saqueado y pisoteado la “joya del universo”. De paso, seguirá encargándose de que allá afuera todo esté en orden, de que Júpiter, por ejemplo, con su descomunal fuerza gravitatoria, desvíe hacia otros lugares del universo cualquier cuerpo errante que nos pudiera hacer daño. Amigos: ¡la Tierra existirá por siempre!   

Imagen del telescopio espacial Hubble mostrando la supernova 1994D abajo a la izquierda y la galaxia NGC 4526

El hombre y su temor por el futuro (9 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La novena amenaza para las formas de vida que habitan nuestra gran casa global es una guerra nuclear mundial. A pesar del fin de la llamada Guerra Fría y de los tratados de reducción de armas nucleares firmados entre Estados Unidos y Rusia, las bombas atómicas que estas dos naciones todavía poseen son capaces, en caso de que se utilizaran, de acabar varias veces con la vida en la Tierra. Si estas se activaran, se desatarían violentas tormentas de fuego por todo el orbe que esparcirían por la atmósfera materiales que impedirían que el Sol bañara el planeta y le diera vida a la vegetación. El problema se agrava porque en la actualidad, gobiernos que tienen problemas graves entre ellos desde hace tiempo, como India y Pakistán, también tienen armas atómicas, aparte de que gobiernos más impredecibles que las potencias mundiales, como Corea del Norte e Irán, están tratando de producir lo suyo en materia de armas nucleares. China, Francia, Israel y Gran Bretaña también poseen armamento nuclear.

Wikipedia dice que algunos expertos opinan que un conflicto nuclear a gran escala sería el equivalente a un evento ligado a la extinción, y comenta que aunque no se llegue hasta ese punto, muy poca gente duda sobre su capacidad para aniquilar pueblos, naciones y modelos de civilización enteros, completos, “con cientos e incluso miles de millones de bajas”. Ahora, ¿qué es exactamente un arma nuclear? Es un artefacto explosivo de gran energía, que obtiene dicha energía mediante la fusión del núcleo atómico. Su principal característica estriba en que es posible que libere una potencia explosiva equivalente a millones de toneladas del explosivo TNT con un dispositivo de muy poco peso y, por lo tanto, de fácil uso militar. La enciclopedia de la cual acabo de citar dice que no existe en el universo absolutamente ningún material estructural que sea capaz de resistir el impacto radiológico, mecánico y térmico de un bombazo nuclear a corta distancia, además de que comenta que una bomba nuclear común y corriente que dé en el blanco hará pedazos cualquier objetivo militar o civil, y causará grandes daños y gran mortandad a kilómetros de distancia.

El gran científico Carl Sagan hizo unos cálculos que llevaron a la conclusión de que si Rusia y Estados Unidos algún día se llegaban a enfrentar nuclearmente, si la fuerza explosiva desatada llegara a 10.000 megatones, la temperatura se desplomaría inmediatamente después de la explosión. Además, entre los 30 y los 60 grados de latitud norte la oscuridad sería casi total. Las cenizas, el humo y otras partículas producidas por los incendios y explosiones impedirían que durante meses la luz del sol calentara el planeta. La fotosíntesis no se produciría y, como consecuencia, la vegetación no tardaría en morir, y, luego de ello, los animales que se alimentan de ella. También desaparecería el 50% de la capa de ozono planetaria. La vida en los océanos también saldría afectada, y en los primeros dos días después de la explosión se produciría una lluvia radiactiva que acabaría con la vida de la mitad de los adultos sanos del planeta. En otras palabras, una guerra nuclear mundial desataría una verdadera locura sobre el planeta Tierra.

Como dice al final de este artículo, una guerra nuclear mundial desataría una verdadera locura sobre el planeta Tierra. Ilustración: Internet.

El hombre y su temor por el futuro (8 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La octava manera de cómo se cree que la vida en la Tierra puede desaparecer más adelante es el calentamiento terrestre. Rosa Gil escribió a mediados de 2004 que, aunque en lo inmediato el calentamiento global no es una amenaza directa para la humanidad, la combinación de la contaminación, las condiciones climáticas extremas, las inundaciones, el crecimiento de los desiertos o la formación de nuevos, los cultivos transgénicos, la destrucción de los ecosistemas y otros cambios provocados por el ser humano, convertirán a la Tierra en un lugar difícil de habitar.

Luego Rosa Gil dijo –y aquí sí me permito corregirla con todo respeto– que “nadie sabe cuáles pueden ser los efectos a largo plazo del recalentamiento del globo terráqueo” –sí lo sabemos Rosa–, pero puso como ejemplo a Venus, “donde un ‘descontrolado’ efecto invernadero ha producido una atmósfera ácida, elevando la temperatura en el suelo hasta los 500 grados”.

Como consecuencia del problema del cambio climático, los casquetes polares se han ido fundiendo poco a poco y, por supuesto, el nivel del mar ha ido subiendo. Es de lógica suponer que esto va a traer graves problemas para los asentamientos humanos ubicados cerca de las costas. También se sabe que las nieves eternas en los picos más altos de los Andes venezolanos desde hace ya años están retrocediendo. Otra cosa: hace casi unos 20 años se supo que Perú había perdido en los últimos 27 470 kilómetros cuadrados de glaciares, y 111 de esos 470 pertenecían a la llamada Cordillera Blanca. Actualmente la cosa es mucho peor.

El 5 de diciembre de 2004 el diario venezolano Últimas Noticias informó que un reporte de ocho países divulgado el mes anterior, es decir, en noviembre, mostró que la región del Ártico se estaba calentando al doble de la tasa para el resto del mundo, poniendo en peligro el medio de vida aborigen y quizá llevando a la extinción al oso polar. El mismo periódico informó un año antes que Sheila WattCloutier, presidenta de la Conferencia Esquimal Circumpolar –instituto que para esa época representaba a 155.000 esquimales de Rusia, Groenlandia, Canadá y Alaska–, advirtió a la agencia noticiosa Reuters que el aumento de la temperatura estaba minando el estilo de vida tradicional de los esquimales y que en los últimos años algunos cazadores se habían ahogado al romperse las delgadas capas de hielo, al mismo tiempo que el descongelamiento del permafrost (capa de suelo permanentemente congelado, pero no todo el tiempo cubierto de nieve o hielo) estaba desestabilizando las construcciones y provocando deslaves. Hoy –28 marzo de 2020–, el problema es peor. El venezolano Diario de Los Andes, en su edición trujillana del 14 de noviembre de 2004, también informó que de acuerdo a investigaciones que se habían hecho hacía poco tiempo, se había concluido que el océano Ártico estaría casi completamente descongelado para el verano del año 2100.

En el verano del pasado año, el calor se disparó en París hasta los 45 grados centígrados. ¡Una verdadera locura! Pero resulta que ya para los primeros doce días de agosto del año 2003 se habían alcanzado en Francia grandes e históricos máximos de temperaturas. Es más, en ese tiempo, en apenas dos meses, un glaciar de la cordillera de los Pirineos había retrocedido casi 50 metros, y el científico Pierre René afirmó en esos días que en 150 años, la superficie total de los glaciares de esa cordillera había pasado de 25 o 30 kilómetros cuadrados a nada más 5. No se puede dejar de reportar que allí mismo en Francia, la ola de calor del verano de 2003 dejó un saldo de cerca de 15.000 muertos. Finalmente por ahora, hay que dar a conocer que un estudio internacional reveló que el calentamiento global podría acabar con una cuarta parte de las especies de plantas y animales del planeta para el año 2050. Están bajo amenaza principalmente las mariposas australianas, el águila imperial española, el piquituerto escocés, el lagarto dragón del bosque de Boyds australiano y muchos árboles de la cuenca del río Amazonas. Tienen razón los que están preocupados por los efectos sobre el planeta y los seres que lo habitan de su recalentamiento.


Muchos temen que el cambio climático pueda llevar a la extinción al oso polar y a otras especies animales sumamente valiosas. Foto: Internet.   

El hombre y su temor por el futuro (7 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La séptima amenaza potencial a la vida en el planeta es la siguiente: supervolcanes. ¿Qué es un supervolcán? Como su nombre lo indica, un supervolcán es un volcán mil veces más potente que uno común y corriente. Son sumamente peligrosos porque si uno de ellos hiciera erupción, el invierno volcánico posterior a esta ocasionaría un clima en la Tierra imposible para la vida humana; ya que, al hacer erupción uno de estos gigantes, se formaría una tormenta de ceniza descomunal sumamente cargada de ácido sulfúrico extremadamente perjudicial para el organismo humano que se esparciría por todo el planeta y evitaría el paso de los rayos del Sol, cambiando drásticamente el clima terrestre.

Cientos de millones de años atrás –así lo afirman los científicos–, enormes volcanes brotaron a través de la superficie terrestre en lo que hoy es Siberia, en Rusia, y su actividad, con el transcurso del tiempo, destruyó a casi todas las especies del planeta. Los reportajes indican que los supervolcanes no son muy comunes, y que es posible que se produzcan cada cincuenta mil años. Sin embargo, hay uno de 2.100 kilómetros cuadrados debajo del Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, que parece que se está activando poco a poco. Si este o cualquier otro llegara a hacer erupción, enviaría a la atmósfera “más de un millón de kilómetros cúbicos de lava, nubes de gases de cloro y lluvia ácida”. Los científicos dicen que este supervolcán hizo erupción hace unos 600.000 años y que él entra en actividad justamente cada… 600.000 años.

Hay tanta preocupación en la comunidad científica mundial con este supervolcán que ya científicos de la NASA están trabajando para evitar que eso suceda; de hecho, están proponiendo perforar el volcán y penetrar en su núcleo unos 10 kilómetros. Luego, planean bombear cualquier cantidad de litros de agua a presión con la finalidad de enfriarlo, calmarlo y… ¡sorpresa!: utilizar esa fusión para producir electricidad. Briam Wilcox, del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA en el Instituto de Tecnología de California, dice que Yellowstone “gotea” en este tiempo cerca de 6 gigavatios en calor (el gigavatio es una unidad de potencia equivalente a mil millones de vatios que se utiliza para medir potencias muy grandes). Si se diera lo de la perforación, esto se podría utilizar para la creación de una planta geotérmica que generaría electricidad a bajo precio. Claro, se dice que la inversión sería de unos 3.500 millones de dólares y que se necesitaría que científicos del mundo entero prestaran su apoyo. Dice el señor Wilcox algo muy interesante: “En ambos casos requiere que la comunidad científica invierta el poder de su mente, pero tiene que hacerlo ya”. Así lo leí recientemente en trome.pe, un sitio en Internet.

Se cree que hace unos 477 millones de años el norte de la península ibérica fue arrasado por un supervolcán que emitió más de 80.000 millones de toneladas de rocas a la atmósfera y 60.000 kilómetros cúbicos de cenizas, cenizas cuya cubierta abarcó unos 15.000 kilómetros cuadrados.


Hermosa erupción volcánica, prueba de la gran cantidad de energía que hay bajo la superficie de nuestro planeta. Foto: Internet.

El hombre y su temor por el futuro (6 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La sexta cosa que puede hacer que dentro de poco el ser humano desaparezca de la faz de la Tierra es lo que se conoce como la “pesadilla matrix”. Rosa Gil dijo a mediados de 2004 que, hasta ese momento, el hombre no se había visto en la necesidad de enfrentar a una especie superior a él aquí en el planeta, pero que en muchísimos laboratorios se estaban creando robots con inteligencia artificial que podían caminar, comunicarse, efectuar tareas hogareñas, sobrevivir en otros planetas, aguantar las enormes presiones del fondo oceánico y hacer otras cosas.

Estamos ya en marzo de 2020 y aún no aparece en el planeta una especie superior al ser humano como tal, pero se comenta que, con el tiempo, los robots serán tan sofisticados que comenzarán a organizarse y reproducirse sin ayuda del hombre y, al verse tan capaces, empezarán a preguntarse lo siguiente: ¿Para qué necesitamos a los seres humanos? Luego, entonces, se darán a la tarea de aniquilarnos.

Algunas películas de ciencia ficción reflejan el temor que muchos tienen de que en un día cercano las máquinas pueden volverse en contra de sus creadores. Foto: Internet.

El hombre y su temor por el futuro (5 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

¡Qué cosas tiene esta vida!: corresponde esta semana escribir acerca de la quinta amenaza que la comunidad científica mundial tiene años vislumbrando en el horizonte para la existencia de la raza humana en el planeta Tierra –me refiero a una plaga mundial o a varias de estas–, justamente cuando los efectos de la pandemia del coronavirus han llegado acá, a Trujillo, la provincia venezolana en la que vivo. ¡Qué cosas tiene esta vida!

En la horrible Edad Media, la peste bubónica acabó con una cuarta parte de la población humana del continente europeo. En 1918, la gripe española segó por lo menos veintiún millones de vidas, aunque en los últimos años se ha dicho que la cifra real de muertos producto de esa fulminante enfermedad fue de cien millones, pues desde la India, país en el que hizo desastres dicha gripe, no llegaron informes confiables acerca de la cantidad de muertos que dejó allí. A.A. Hoehling, en el libro La gran epidemia, escribió que “jamás en la historia había sufrido el mundo los estragos de un asesino que matara a tantos seres humanos tan deprisa”.

Según el libro El conocimiento que lleva a vida eterna, para 1995 causaban estragos otras plagas. Para ese año, anualmente el cáncer estaba matando a 5 millones de personas, la diarrea a más de 3 millones de niños y 3 millones de personas morían de tuberculosis. La neumonía y otros problemas respiratorios acababan con 3 millones y medio de niños menores de cinco años. Y unos dos mil quinientos millones de personas padecían enfermedades causadas por la poca agua, o por la contaminación de esta, y por “instalaciones sanitarias deficientes”. Como ya lo dejé ver, estas cifras datan de hace unos 25 años atrás. Hoy, la situación es peor; a pesar de los avances en el campo de la medicina, la situación hoy es mucho peor. Con el sida está ocurriendo lo mismo. Hace unos días, el canal alemán DW hizo público un reporte que indicó que entre los warao, un pueblo aborigen que desde tiempos inmemoriales habita lo que hoy es el estado venezolano de Delta Amacuro, el sida causa actualmente estragos, pues, que se sepa, alrededor de doscientas cincuenta personas de esta etnia en esa provincia venezolana sufren por causa de dicha enfermedad. En la vecina Colombia, desde hace días el dengue está matando cualquier cantidad de personas. Y acá, en la misma Venezuela, desde hace bastante tiempo la fiebre amarilla, la tuberculosis y la neumonía se están llevando gente a la tumba.

Además, es tristemente interesante recordar que el diario venezolano Últimas Noticias, en su edición del viernes 17 de diciembre de 2004, publicó la noticia de que, en Ginebra, Klaus Stoehr, experto en gripe de la Organización Mundial de la Salud, advirtió de que alrededor del 20% de la población del mundo podría verse perjudicada por una ola de gripe aviaria que podría matar al 0.5% de ellas. Se dijo que existía la posibilidad de que esta ola de gripe pudiera extenderse en pocas semanas y convertirse en una pandemia. ¡Véase bien esto!: se anunciaron estas cosas hace poco más de 15 años atrás.

La periodista Rosa Gil dijo, a mediados de 2004, que diversos virus aparecieron en los años 80 del siglo 20 debido a que los seres humanos comenzaron a incursionar en territorios que antes se hallaban deshabitados. Es, quizá, lo que ha ocurrido con la fulminante enfermedad del ébola africano. No quiero ni pensar en lo que veríamos o experimentaríamos si un virus como el del ébola, u otro desconocido, se expandiera por la Tierra por vía aérea; o que los terroristas se valieran de la biotecnología, como lo dijo Rosa Gil en 2004 también, para modificar virus o para crear otros sumamente letales.

El coronavirus se extiende rápidamente por todo el planeta, haciendo recordar lo que en la Biblia se había anunciado hace casi dos milenios que ocurriría en la Tierra para el tiempo del fin. Foto: elsevier.com

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El hombre y su temor por el futuro (4 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La comunidad científica mundial cree que hay una cuarta amenaza para el planeta Tierra o la vida que hay sobre este. Se refieren a que lo que los puede hacer desaparecer es una explosión de rayos gamma. Por qué tienen lugar, no se sabe, pero de vez en cuando una estrella lejana o desconocida explota con tanta potencia que momentáneamente “eclipsa el resto del universo”… a su alrededor, obviamente.

Si una de estas explosiones de rayos gamma se produjera a una distancia de mil años luz de nosotros –recordemos que un año luz es la distancia que recorre la luz en un año viajando a 300.000 kilómetros por segundo– “su luminosidad sería 10 veces mayor que la del sol a mediodía”, lo que haría arder nuestra atmósfera y destruiría la capa de ozono, permitiendo que la dañina luz ultravioleta del Sol cayera con toda su intensidad sobre el planeta. Rosa Gil agrega que estos fenómenos se producen en galaxias lejanas, pero… como se sabe poco de ellos, no se puede descartar que ocurran cerca de nosotros.

Ilustración de explosión rayos gamma. Crédito: ESO

El hombre y su temor por el futuro (3 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La tercera amenaza para la existencia del planeta Tierra, según muchos científicos, es un encuentro con un agujero negro errante.  Pero, ¿qué es un agujero negro errante? Los agujeros negros son estrellas que han colapsado, gravitatorialmente hablando, o sea, cuya energía se ha extinguido totalmente. Wikipedia los define como una “región finita del espacio en cuyo interior existe una concentración de masa lo suficientemente elevada y densa como para generar un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ella”. Se ha descubierto que en la Vía Láctea, nuestra galaxia, podría haber millones de dichos agujeros, cuya fuerza de gravedad se traga todo lo que encuentra en su camino; de hecho, leí hace poco en Wikipedia que se dice que en el centro de dicha galaxia hay presencia de lo que se conoce como agujeros negros supermasivos, que son agujeros negros “con una masa del orden de millones o decenas de miles de millones de masas solares”.

En el año 2016, más concretamente el 11 de febrero, los astrónomos informaron que se habían detectado por primera vez ondas gravitacionales producidas porque se habían fusionado dos agujeros negros a unos 1.337 millones de años luz –mega-años luz o Mal– del planeta. La enciclopedia que acabo de citar comenta que “la gravedad de un agujero negro puede atraer el gas que se encuentra a su alrededor, que se arremolina y calienta a temperaturas de hasta 12 millones de grados centígrados”, es decir, dos mil veces más calor que el que hay en la superficie del Sol. 

Si uno de estos gigantes invisibles se acercara a la Tierra, los astrónomos verían como se iría tragando los asteroides, los planetas lejanos y Marte, para absorber luego nuestro planeta o desplazarlo de su órbita, alejándonos del Sol o acercándonos a este, con los resultados que ya nos imaginamos.

Agujero negro supermasivo ubicado en el centro de la galaxia M87. Esta fotografía fue presentada al público el 10 de abril de 2019 por el consorcio internacional Telescopio del Horizonte de Sucesos.

El hombre y su temor por el futuro (2 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Fortísima ola de calor mató en la India más de 70 seres humanos el año pasado. Terremoto en China le quitó la vida a varias personas. Terremoto en Japón y posterior tsunami provocado por este lesionó a cerca de 28 residentes de la zona afectada. Noticias como estas son algunas de las cosas que hacen temer a muchos con respecto a la futura existencia del ser humano en la Tierra, de la vida terrestre en todos sus aspectos y hasta del planeta mismo.

Y es que es cierto: parece que estuviéramos encaminados a una terrible colisión con algo que todavía no se sabe en concreto qué es, pero de la cual no vamos a salir bien librados. Me parece oportuno hablar, entonces, aquí, de la segunda manera en que muchos creen que el planeta Tierra entero o la vida que hay en él pueden desaparecer dentro de poco. Me refiero a erupciones solares gigantescas.

En el Sol se producen siempre impresionantes tormentas magnéticas. Cuando las ráfagas de partículas energéticas que dichas tormentas despiden hacia el sistema solar llegan a la Tierra, afectan algunas actividades humanas y ocasionan espectaculares auroras boreales. Un buen ejemplo de cuán vulnerables somos los seres humanos a esto es el famoso apagón ocurrido en Quebec, Canadá, que ocurrió en el mes de marzo del año 1989. El 10 de marzo de ese año, una descomunal llamarada solar llamada por los científicos X8-X15 generó lo que se conoce como una eyección de masa coronal que impactó la magnetosfera 54 horas después, es decir, la noche del 12 de marzo, y que a las 2 y 44 de la madrugada del día siguiente ocasionó uno de los mayores apagones de los que se tenga constancia, esta vez, en toda la provincia canadiense de Quebec, y que duró 12 horas. El portal nuevatribuna.es dice que todo pasó en menos de dos minutos y que las auroras boreales como consecuencia de dicha tormenta se vieron en latitudes tan al sur como Florida y Cuba. El portal en cuestión dice que tras el fenómeno nocturno gran cantidad de personas se despertaron sorprendidas “en casas heladas en pleno invierno canadiense, y desayunaron sin electricidad ni comunicaciones, desconcertadas” y ‘sin siquiera poder imaginar qué era lo que había ocurrido’. Por supuesto, esto de lo cual acabo de hablar ni siquiera se le acerca a la tormenta solar ocurrida en 1859 y a la que se le conoce como evento Carrington, tormenta solar que acabó con los sistemas de telégrafos en América del Norte y Europa, y que no trajo peores consecuencias para el ser humano porque aún no se dependía tanto de la tecnología como ahora.Ahora bien, las estrellas como el Sol “pueden aumentar su luminosidad en cuestión de horas en más de un cien por ciento. Los astrónomos dicen que eso se debe a erupciones fuera de lo normal millones de veces más intensas que las comunes”. El científico Michio Kaku comentó finalizando enero del pasado año que “una gran llamarada solar que termine golpeando la Tierra acabaría con satélites y paralizaría las centrales eléctricas”. Eso lo leí en nuevatribuna.es. Y Rosa Gil dijo en 2004 que una erupción solar gigantesca, impredecible e imposible de controlar, por supuesto, encendería la atmósfera terrestre como una bombilla fluorescente y, obviamente, liquidaría a la entera humanidad.

¡Cuán vulnerables somos los seres humanos a los efectos sobre el planeta Tierra de las tormentas solares! Foto: NASA.