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El hombre y su temor por el futuro (8 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La octava manera de cómo se cree que la vida en la Tierra puede desaparecer más adelante es el calentamiento terrestre. Rosa Gil escribió a mediados de 2004 que, aunque en lo inmediato el calentamiento global no es una amenaza directa para la humanidad, la combinación de la contaminación, las condiciones climáticas extremas, las inundaciones, el crecimiento de los desiertos o la formación de nuevos, los cultivos transgénicos, la destrucción de los ecosistemas y otros cambios provocados por el ser humano, convertirán a la Tierra en un lugar difícil de habitar.

Luego Rosa Gil dijo –y aquí sí me permito corregirla con todo respeto– que “nadie sabe cuáles pueden ser los efectos a largo plazo del recalentamiento del globo terráqueo” –sí lo sabemos Rosa–, pero puso como ejemplo a Venus, “donde un ‘descontrolado’ efecto invernadero ha producido una atmósfera ácida, elevando la temperatura en el suelo hasta los 500 grados”.

Como consecuencia del problema del cambio climático, los casquetes polares se han ido fundiendo poco a poco y, por supuesto, el nivel del mar ha ido subiendo. Es de lógica suponer que esto va a traer graves problemas para los asentamientos humanos ubicados cerca de las costas. También se sabe que las nieves eternas en los picos más altos de los Andes venezolanos desde hace ya años están retrocediendo. Otra cosa: hace casi unos 20 años se supo que Perú había perdido en los últimos 27 470 kilómetros cuadrados de glaciares, y 111 de esos 470 pertenecían a la llamada Cordillera Blanca. Actualmente la cosa es mucho peor.

El 5 de diciembre de 2004 el diario venezolano Últimas Noticias informó que un reporte de ocho países divulgado el mes anterior, es decir, en noviembre, mostró que la región del Ártico se estaba calentando al doble de la tasa para el resto del mundo, poniendo en peligro el medio de vida aborigen y quizá llevando a la extinción al oso polar. El mismo periódico informó un año antes que Sheila WattCloutier, presidenta de la Conferencia Esquimal Circumpolar –instituto que para esa época representaba a 155.000 esquimales de Rusia, Groenlandia, Canadá y Alaska–, advirtió a la agencia noticiosa Reuters que el aumento de la temperatura estaba minando el estilo de vida tradicional de los esquimales y que en los últimos años algunos cazadores se habían ahogado al romperse las delgadas capas de hielo, al mismo tiempo que el descongelamiento del permafrost (capa de suelo permanentemente congelado, pero no todo el tiempo cubierto de nieve o hielo) estaba desestabilizando las construcciones y provocando deslaves. Hoy –28 marzo de 2020–, el problema es peor. El venezolano Diario de Los Andes, en su edición trujillana del 14 de noviembre de 2004, también informó que de acuerdo a investigaciones que se habían hecho hacía poco tiempo, se había concluido que el océano Ártico estaría casi completamente descongelado para el verano del año 2100.

En el verano del pasado año, el calor se disparó en París hasta los 45 grados centígrados. ¡Una verdadera locura! Pero resulta que ya para los primeros doce días de agosto del año 2003 se habían alcanzado en Francia grandes e históricos máximos de temperaturas. Es más, en ese tiempo, en apenas dos meses, un glaciar de la cordillera de los Pirineos había retrocedido casi 50 metros, y el científico Pierre René afirmó en esos días que en 150 años, la superficie total de los glaciares de esa cordillera había pasado de 25 o 30 kilómetros cuadrados a nada más 5. No se puede dejar de reportar que allí mismo en Francia, la ola de calor del verano de 2003 dejó un saldo de cerca de 15.000 muertos. Finalmente por ahora, hay que dar a conocer que un estudio internacional reveló que el calentamiento global podría acabar con una cuarta parte de las especies de plantas y animales del planeta para el año 2050. Están bajo amenaza principalmente las mariposas australianas, el águila imperial española, el piquituerto escocés, el lagarto dragón del bosque de Boyds australiano y muchos árboles de la cuenca del río Amazonas. Tienen razón los que están preocupados por los efectos sobre el planeta y los seres que lo habitan de su recalentamiento.


Muchos temen que el cambio climático pueda llevar a la extinción al oso polar y a otras especies animales sumamente valiosas. Foto: Internet.   

El hombre y su temor por el futuro (7 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La séptima amenaza potencial a la vida en el planeta es la siguiente: supervolcanes. ¿Qué es un supervolcán? Como su nombre lo indica, un supervolcán es un volcán mil veces más potente que uno común y corriente. Son sumamente peligrosos porque si uno de ellos hiciera erupción, el invierno volcánico posterior a esta ocasionaría un clima en la Tierra imposible para la vida humana; ya que, al hacer erupción uno de estos gigantes, se formaría una tormenta de ceniza descomunal sumamente cargada de ácido sulfúrico extremadamente perjudicial para el organismo humano que se esparciría por todo el planeta y evitaría el paso de los rayos del Sol, cambiando drásticamente el clima terrestre.

Cientos de millones de años atrás –así lo afirman los científicos–, enormes volcanes brotaron a través de la superficie terrestre en lo que hoy es Siberia, en Rusia, y su actividad, con el transcurso del tiempo, destruyó a casi todas las especies del planeta. Los reportajes indican que los supervolcanes no son muy comunes, y que es posible que se produzcan cada cincuenta mil años. Sin embargo, hay uno de 2.100 kilómetros cuadrados debajo del Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, que parece que se está activando poco a poco. Si este o cualquier otro llegara a hacer erupción, enviaría a la atmósfera “más de un millón de kilómetros cúbicos de lava, nubes de gases de cloro y lluvia ácida”. Los científicos dicen que este supervolcán hizo erupción hace unos 600.000 años y que él entra en actividad justamente cada… 600.000 años.

Hay tanta preocupación en la comunidad científica mundial con este supervolcán que ya científicos de la NASA están trabajando para evitar que eso suceda; de hecho, están proponiendo perforar el volcán y penetrar en su núcleo unos 10 kilómetros. Luego, planean bombear cualquier cantidad de litros de agua a presión con la finalidad de enfriarlo, calmarlo y… ¡sorpresa!: utilizar esa fusión para producir electricidad. Briam Wilcox, del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA en el Instituto de Tecnología de California, dice que Yellowstone “gotea” en este tiempo cerca de 6 gigavatios en calor (el gigavatio es una unidad de potencia equivalente a mil millones de vatios que se utiliza para medir potencias muy grandes). Si se diera lo de la perforación, esto se podría utilizar para la creación de una planta geotérmica que generaría electricidad a bajo precio. Claro, se dice que la inversión sería de unos 3.500 millones de dólares y que se necesitaría que científicos del mundo entero prestaran su apoyo. Dice el señor Wilcox algo muy interesante: “En ambos casos requiere que la comunidad científica invierta el poder de su mente, pero tiene que hacerlo ya”. Así lo leí recientemente en trome.pe, un sitio en Internet.

Se cree que hace unos 477 millones de años el norte de la península ibérica fue arrasado por un supervolcán que emitió más de 80.000 millones de toneladas de rocas a la atmósfera y 60.000 kilómetros cúbicos de cenizas, cenizas cuya cubierta abarcó unos 15.000 kilómetros cuadrados.


Hermosa erupción volcánica, prueba de la gran cantidad de energía que hay bajo la superficie de nuestro planeta. Foto: Internet.

El hombre y su temor por el futuro (6 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La sexta cosa que puede hacer que dentro de poco el ser humano desaparezca de la faz de la Tierra es lo que se conoce como la “pesadilla matrix”. Rosa Gil dijo a mediados de 2004 que, hasta ese momento, el hombre no se había visto en la necesidad de enfrentar a una especie superior a él aquí en el planeta, pero que en muchísimos laboratorios se estaban creando robots con inteligencia artificial que podían caminar, comunicarse, efectuar tareas hogareñas, sobrevivir en otros planetas, aguantar las enormes presiones del fondo oceánico y hacer otras cosas.

Estamos ya en marzo de 2020 y aún no aparece en el planeta una especie superior al ser humano como tal, pero se comenta que, con el tiempo, los robots serán tan sofisticados que comenzarán a organizarse y reproducirse sin ayuda del hombre y, al verse tan capaces, empezarán a preguntarse lo siguiente: ¿Para qué necesitamos a los seres humanos? Luego, entonces, se darán a la tarea de aniquilarnos.

Algunas películas de ciencia ficción reflejan el temor que muchos tienen de que en un día cercano las máquinas pueden volverse en contra de sus creadores. Foto: Internet.

El hombre y su temor por el futuro (5 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

¡Qué cosas tiene esta vida!: corresponde esta semana escribir acerca de la quinta amenaza que la comunidad científica mundial tiene años vislumbrando en el horizonte para la existencia de la raza humana en el planeta Tierra –me refiero a una plaga mundial o a varias de estas–, justamente cuando los efectos de la pandemia del coronavirus han llegado acá, a Trujillo, la provincia venezolana en la que vivo. ¡Qué cosas tiene esta vida!

En la horrible Edad Media, la peste bubónica acabó con una cuarta parte de la población humana del continente europeo. En 1918, la gripe española segó por lo menos veintiún millones de vidas, aunque en los últimos años se ha dicho que la cifra real de muertos producto de esa fulminante enfermedad fue de cien millones, pues desde la India, país en el que hizo desastres dicha gripe, no llegaron informes confiables acerca de la cantidad de muertos que dejó allí. A.A. Hoehling, en el libro La gran epidemia, escribió que “jamás en la historia había sufrido el mundo los estragos de un asesino que matara a tantos seres humanos tan deprisa”.

Según el libro El conocimiento que lleva a vida eterna, para 1995 causaban estragos otras plagas. Para ese año, anualmente el cáncer estaba matando a 5 millones de personas, la diarrea a más de 3 millones de niños y 3 millones de personas morían de tuberculosis. La neumonía y otros problemas respiratorios acababan con 3 millones y medio de niños menores de cinco años. Y unos dos mil quinientos millones de personas padecían enfermedades causadas por la poca agua, o por la contaminación de esta, y por “instalaciones sanitarias deficientes”. Como ya lo dejé ver, estas cifras datan de hace unos 25 años atrás. Hoy, la situación es peor; a pesar de los avances en el campo de la medicina, la situación hoy es mucho peor. Con el sida está ocurriendo lo mismo. Hace unos días, el canal alemán DW hizo público un reporte que indicó que entre los warao, un pueblo aborigen que desde tiempos inmemoriales habita lo que hoy es el estado venezolano de Delta Amacuro, el sida causa actualmente estragos, pues, que se sepa, alrededor de doscientas cincuenta personas de esta etnia en esa provincia venezolana sufren por causa de dicha enfermedad. En la vecina Colombia, desde hace días el dengue está matando cualquier cantidad de personas. Y acá, en la misma Venezuela, desde hace bastante tiempo la fiebre amarilla, la tuberculosis y la neumonía se están llevando gente a la tumba.

Además, es tristemente interesante recordar que el diario venezolano Últimas Noticias, en su edición del viernes 17 de diciembre de 2004, publicó la noticia de que, en Ginebra, Klaus Stoehr, experto en gripe de la Organización Mundial de la Salud, advirtió de que alrededor del 20% de la población del mundo podría verse perjudicada por una ola de gripe aviaria que podría matar al 0.5% de ellas. Se dijo que existía la posibilidad de que esta ola de gripe pudiera extenderse en pocas semanas y convertirse en una pandemia. ¡Véase bien esto!: se anunciaron estas cosas hace poco más de 15 años atrás.

La periodista Rosa Gil dijo, a mediados de 2004, que diversos virus aparecieron en los años 80 del siglo 20 debido a que los seres humanos comenzaron a incursionar en territorios que antes se hallaban deshabitados. Es, quizá, lo que ha ocurrido con la fulminante enfermedad del ébola africano. No quiero ni pensar en lo que veríamos o experimentaríamos si un virus como el del ébola, u otro desconocido, se expandiera por la Tierra por vía aérea; o que los terroristas se valieran de la biotecnología, como lo dijo Rosa Gil en 2004 también, para modificar virus o para crear otros sumamente letales.

El coronavirus se extiende rápidamente por todo el planeta, haciendo recordar lo que en la Biblia se había anunciado hace casi dos milenios que ocurriría en la Tierra para el tiempo del fin. Foto: elsevier.com

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El hombre y su temor por el futuro (4 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La comunidad científica mundial cree que hay una cuarta amenaza para el planeta Tierra o la vida que hay sobre este. Se refieren a que lo que los puede hacer desaparecer es una explosión de rayos gamma. Por qué tienen lugar, no se sabe, pero de vez en cuando una estrella lejana o desconocida explota con tanta potencia que momentáneamente “eclipsa el resto del universo”… a su alrededor, obviamente.

Si una de estas explosiones de rayos gamma se produjera a una distancia de mil años luz de nosotros –recordemos que un año luz es la distancia que recorre la luz en un año viajando a 300.000 kilómetros por segundo– “su luminosidad sería 10 veces mayor que la del sol a mediodía”, lo que haría arder nuestra atmósfera y destruiría la capa de ozono, permitiendo que la dañina luz ultravioleta del Sol cayera con toda su intensidad sobre el planeta. Rosa Gil agrega que estos fenómenos se producen en galaxias lejanas, pero… como se sabe poco de ellos, no se puede descartar que ocurran cerca de nosotros.

Ilustración de explosión rayos gamma. Crédito: ESO

El hombre y su temor por el futuro (3 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

La tercera amenaza para la existencia del planeta Tierra, según muchos científicos, es un encuentro con un agujero negro errante.  Pero, ¿qué es un agujero negro errante? Los agujeros negros son estrellas que han colapsado, gravitatorialmente hablando, o sea, cuya energía se ha extinguido totalmente. Wikipedia los define como una “región finita del espacio en cuyo interior existe una concentración de masa lo suficientemente elevada y densa como para generar un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ella”. Se ha descubierto que en la Vía Láctea, nuestra galaxia, podría haber millones de dichos agujeros, cuya fuerza de gravedad se traga todo lo que encuentra en su camino; de hecho, leí hace poco en Wikipedia que se dice que en el centro de dicha galaxia hay presencia de lo que se conoce como agujeros negros supermasivos, que son agujeros negros “con una masa del orden de millones o decenas de miles de millones de masas solares”.

En el año 2016, más concretamente el 11 de febrero, los astrónomos informaron que se habían detectado por primera vez ondas gravitacionales producidas porque se habían fusionado dos agujeros negros a unos 1.337 millones de años luz –mega-años luz o Mal– del planeta. La enciclopedia que acabo de citar comenta que “la gravedad de un agujero negro puede atraer el gas que se encuentra a su alrededor, que se arremolina y calienta a temperaturas de hasta 12 millones de grados centígrados”, es decir, dos mil veces más calor que el que hay en la superficie del Sol. 

Si uno de estos gigantes invisibles se acercara a la Tierra, los astrónomos verían como se iría tragando los asteroides, los planetas lejanos y Marte, para absorber luego nuestro planeta o desplazarlo de su órbita, alejándonos del Sol o acercándonos a este, con los resultados que ya nos imaginamos.

Agujero negro supermasivo ubicado en el centro de la galaxia M87. Esta fotografía fue presentada al público el 10 de abril de 2019 por el consorcio internacional Telescopio del Horizonte de Sucesos.

El hombre y su temor por el futuro (2 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Fortísima ola de calor mató en la India más de 70 seres humanos el año pasado. Terremoto en China le quitó la vida a varias personas. Terremoto en Japón y posterior tsunami provocado por este lesionó a cerca de 28 residentes de la zona afectada. Noticias como estas son algunas de las cosas que hacen temer a muchos con respecto a la futura existencia del ser humano en la Tierra, de la vida terrestre en todos sus aspectos y hasta del planeta mismo.

Y es que es cierto: parece que estuviéramos encaminados a una terrible colisión con algo que todavía no se sabe en concreto qué es, pero de la cual no vamos a salir bien librados. Me parece oportuno hablar, entonces, aquí, de la segunda manera en que muchos creen que el planeta Tierra entero o la vida que hay en él pueden desaparecer dentro de poco. Me refiero a erupciones solares gigantescas.

En el Sol se producen siempre impresionantes tormentas magnéticas. Cuando las ráfagas de partículas energéticas que dichas tormentas despiden hacia el sistema solar llegan a la Tierra, afectan algunas actividades humanas y ocasionan espectaculares auroras boreales. Un buen ejemplo de cuán vulnerables somos los seres humanos a esto es el famoso apagón ocurrido en Quebec, Canadá, que ocurrió en el mes de marzo del año 1989. El 10 de marzo de ese año, una descomunal llamarada solar llamada por los científicos X8-X15 generó lo que se conoce como una eyección de masa coronal que impactó la magnetosfera 54 horas después, es decir, la noche del 12 de marzo, y que a las 2 y 44 de la madrugada del día siguiente ocasionó uno de los mayores apagones de los que se tenga constancia, esta vez, en toda la provincia canadiense de Quebec, y que duró 12 horas. El portal nuevatribuna.es dice que todo pasó en menos de dos minutos y que las auroras boreales como consecuencia de dicha tormenta se vieron en latitudes tan al sur como Florida y Cuba. El portal en cuestión dice que tras el fenómeno nocturno gran cantidad de personas se despertaron sorprendidas “en casas heladas en pleno invierno canadiense, y desayunaron sin electricidad ni comunicaciones, desconcertadas” y ‘sin siquiera poder imaginar qué era lo que había ocurrido’. Por supuesto, esto de lo cual acabo de hablar ni siquiera se le acerca a la tormenta solar ocurrida en 1859 y a la que se le conoce como evento Carrington, tormenta solar que acabó con los sistemas de telégrafos en América del Norte y Europa, y que no trajo peores consecuencias para el ser humano porque aún no se dependía tanto de la tecnología como ahora.Ahora bien, las estrellas como el Sol “pueden aumentar su luminosidad en cuestión de horas en más de un cien por ciento. Los astrónomos dicen que eso se debe a erupciones fuera de lo normal millones de veces más intensas que las comunes”. El científico Michio Kaku comentó finalizando enero del pasado año que “una gran llamarada solar que termine golpeando la Tierra acabaría con satélites y paralizaría las centrales eléctricas”. Eso lo leí en nuevatribuna.es. Y Rosa Gil dijo en 2004 que una erupción solar gigantesca, impredecible e imposible de controlar, por supuesto, encendería la atmósfera terrestre como una bombilla fluorescente y, obviamente, liquidaría a la entera humanidad.

¡Cuán vulnerables somos los seres humanos a los efectos sobre el planeta Tierra de las tormentas solares! Foto: NASA.

El hombre y su temor por el futuro (1 de 10)

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

El daño que el ser humano se ha estado haciendo a sí mismo y el que le ha estado haciendo al planeta Tierra ha llegado a ser de tal gravedad que se ha vuelto a pensar en que, en el futuro cercano, nuestro hogar terrestre y la vida que este sustenta desaparecerán para siempre. Para muestra un botón: la película Un día después de mañana. Este excelente filme vuelve a tocar el delicado tema de la extinción humana por el pase de factura que la Tierra nos realiza por haber, nosotros, trastocado sus delicados procesos climáticos. Es más, ahora se habla hasta de las diez maneras en que los expertos creen que la Tierra y la vida que hay en ella pueden desaparecer. Hace ya varios años, la periodista Rosa Gil, utilizando como fuente un sitio llamado elmundo.es, hablo de ellas en un artículo que escribió para la revista Dominical del diario venezolano Últimas Noticias. Vamos a recordarlas leyendo de cosas que dicen al respecto artículos que conseguí en la revista La Atalaya del 15 de junio de 1998 y en la Selecciones del Reader’s Digest de febrero de 2001.
Rosa Gil dijo a mediados de 2004 –la época en la que escribió su artículo– que la primera manera en que los expertos creen que la Tierra y la vida que hay en ella pueden desaparecer es el impacto de un asteroide. El artículo de la Selecciones dice que hace ya unos años el astrónomo Dave Balam, cincuentón para la época, y miembro del departamento de Física y Astronomía de la Universidad de Victoria, del Comité Consultivo Federal sobre Meteoritos e Impactos y de la Fundación Internacional de Vigilancia Espacial, se encontraba en el Observatorio Astrofísico Dominion de Victoria, Canadá, cuando recibió un mensaje urgente de su colega Jim Scotti, del equipo de detección de asteroides Vigías del Espacio, de la Universidad de Arizona en Tucson, Estados Unidos. El mensaje era referente a que se había descubierto un asteroide, el 1994XM1, del tamaño de una gran casa, que avanzaba a 108.000 kilómetros por hora y que podía chocar con la Tierra en Rusia o en Canadá en unas pocas horas. Aunque eso no ocurrió ni aquella noche del 8 de diciembre de 1994 ni al otro día, pues el objeto errante pasó a más de cien mil kilómetros del planeta, los científicos dicen que el peligro de los llamados Objetos Cercanos a la Tierra es real, pues desde 1980 hasta el año 2000, el equipo de Vigías del Espacio había ubicado más de 30.000 asteroides y cometas desconocidos, de los cuales 211 son considerados Objetos Cercanos a la Tierra.
Rosa Gil cuenta que hay pruebas científicas de que grandísimos asteroides bombardearon la Tierra y la Luna hace cientos de miles de millones de años, evaporando los océanos y creando cráteres inmensos, además de que hace menos años, un choque similar desapareció casi todas las especies planetarias. Ella dice que un encuentro con un solo asteroide de entre 10 y 15 kilómetros de diámetro nos metería en un enorme problema. De hecho, leí en alguna parte que el aerolito que hace miles de años chocó con la Tierra en el desierto de Arizona era de solo 30 metros de diámetro y, con todo y eso, formó un cráter de 1,2 kilómetros de diámetro. ¡Impresionante! En este mismo orden de ideas, La Atalaya dice que en 1994, Paul Davies, científico que para ese año ejercía como profesor de la Universidad de Adelaida, Australia, escribió Los últimos tres minutos. En el primer capítulo de este libro, titulado El fin del mundo, describió un panorama de lo que sucedería si un cometa colisionara con la Tierra. Miren esto:
“Una fuerza equivalente a 10.000 terremotos sacude el planeta. La onda expansiva de aire desplazado barre la superficie del globo, aplastando los edificios y pulverizando todo lo que encuentra a su paso. El terreno llano que hay alrededor del punto de impacto se eleva en un anillo de montañas líquidas de varios kilómetros de altura, dejando al descubierto las entrañas de la Tierra en un cráter de 150 kilómetros de ancho. […] Una enorme columna de detritos polvorientos se extiende en abanico hacia la atmósfera y oculta la luz del sol por todo el planeta. Sustituye la luz solar el siniestro y parpadeante resplandor de mil millones de meteoritos, cuyo calor abrasa el terreno, al caer del espacio a la atmósfera el material desplazado”.
¡Qué les parece! La Atalaya sigue comentando que Paul Davies enlaza luego este panorama imaginario con lo que se ha predicho de que el cometa Swift-Tuttle chocará con nuestro planeta, y advierte de que si bien no es probable que eso ocurra pronto, opina que tarde o temprano este cuerpo viajero o un objeto similar se encontrará con la Tierra. Concluye de esta manera por los cálculos que muestran que existen unos 10.000 objetos de un tamaño de 500 metros o más cuyas órbitas cruzan el camino de nuestro hogar planetario.

Una fuerza equivalente a 10.000 terremotos sacudiría el planeta Tierra si un cometa colisionara con él. Ilustración: Internet.

Se murió Brown

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Ayer miércoles 12 de febrero se estuvieron cumpliendo 6 meses del día en el que el mundo del fútbol mundial recibió con enorme tristeza la noticia de que había fallecido el exfutbolista argentino José Luis Brown. El “Tata”, como cariñosamente se le conocía, fue el autor del primer gol que el seleccionado argentino de fútbol marcó en la final del Mundial de Fútbol de México 86. Mayormente se le conocía por eso. Había nacido en Ranchos, Buenos Aires, el 11 de noviembre de 1956. Siempre se destacó por ser un defensa central que entregaba todo en la cancha. Así se le recuerda. Tenía 62 años cuando falleció.

José Luis Brown hizo su debut deportivo en la máxima categoría del fútbol argentino en 1975 con el club Estudiantes de La Plata. Para este tiempo hacía rato que jugaba en las divisiones inferiores de ese equipo. Llegó a alcanzar el rango de capitán de Estudiantes, y con ese club logró ganar el Torneo Metropolitano de 1982 y el Torneo Nacional de 1983. En este último año firma con el club Atlético Nacional de Medellín, que para ese tiempo era dirigido por el uruguayo Luis Cubilla, y allí, en Colombia, juega hasta su regreso a las pampas argentinas en 1984. Un año después comienza a jugar en Boca Juniors, y un año más adelante pasa un corto tiempo en el Deportivo Español, desde donde viaja a Francia para jugar en el fútbol de ese país. Luego emigra al fútbol español para jugar con el Real Murcia. En 1989 regresa a Argentina para jugar en ese año y en el siguiente con el Racing Club de Avellaneda. Con el equipo nacional de su país jugó un total de 36 partidos. Su logro deportivo más grande fue justamente ganar con su selección, dirigida por Carlos Salvador Bilardo –el técnico del cual Brown llegó a decir que era un obsesionado con que sus jugadores se apegaran al pie de la letra a su libreto– el Mundial de Fútbol de México 86, marcando, como ya se dijo, el primer gol de dicho juego, en el que Argentina finalmente se impondría a Alemania Federal 3 a 2. Como técnico estuvo en varios clubes: en algunos, como el primer director, y en otros, como auxiliar del primer entrenador. Algunos de ellos fueron Los Andes, Boca, Almagro y Nueva Chicago. También dirigió al Atlético Rafaela, al Ben Hur de Rafaela, a las divisiones menores de Estudiantes de La Plata, al Ferrocarril Oeste, al seleccionado argentino de fútbol de 17 años y, en el extranjero, al Blooming de Bolivia.

José Luis Brown, con la camiseta de su club más querido: Estudiantes de La Plata. Foto: Internet.

Brown jugó en el Mundial de México porque le tocó ser el sustituto del lesionado defensor Daniel Alberto Passarela, titular indiscutible del puesto. El “Tata” contó no hace mucho tiempo que la mañana del día en que su selección jugaba contra Corea del Sur –dos de junio– él venía del restaurant en el que le tocaba ir a desayunar al plantel cuando se cruzó en el camino a su habitación con Bilardo. Se dieron los buenos días y cada quien siguió su camino. Segundos después Bilardo se para y lo llama. Cuando Brown se da la vuelta Bilardo le dijo: “Brown: hoy jugás”. Y siguió adelante. El jugador, sorprendido por aquello, continuó hacia su habitación, se lanzó a la cama, abrazó la foto que tenía cerca de sí de sus hijos y rompió a llorar. ¡Había llegado su momento! En la final de esa Copa del Mundo no solo marcó el primer gol, sino que jugó buena parte del partido con una grave lesión en el hombro. Yo, que estaba por cumplir 14 años de edad cuando el Mundial comenzó, lo recuerdo claramente. Son famosas las palabras que le dirigió al médico del seleccionado de su país cuando se discutía lo de su salida del juego: “Ni se te ocurra sacarme. No salgo ni muerto”. Con respeto, pero también con mucha decisión. Los que lo conocieron dicen que así era Brown. Diego Armando Maradona siempre se ha prodigado en loas acerca del papel que jugó el “Tata” Brown en el gran Mundial que hizo Argentina en México. Cuando él ya estaba enfermo le escribió, entre otras cosas, esto, según lo dio a conocer el diario deportivo Clarín: “Vos nunca te quejabas de nada. Aunque sabías que no ibas a ser titular en México, te entrenabas durante los viajes, en los pasillos de los aviones, para recuperar tu rodilla. Pero eras vos el que nos dabas fuerzas a todos nosotros, y no al revés. ¿Te acordás lo que te decía antes de cada partido? `Dale, que si vos jugás bien, yo juego bien´”.

Brown, a punto de marcar el gol más importante de su vida, flanqueado por algunos de sus compañeros: Diego Armando Maradona, Sergio Batista y Oscar Ruggeri. Foto: Internet.

El “Tata” Brown había estado hospitalizado desde el 25 de diciembre de 2018 producto de una enfermedad degenerativa que hizo estragos muy rápidamente en él y de la cual nunca se recuperó. Desde aquí, desde este lugar de los Andes venezolanos, enviamos nuestras condolencias a toda su familia y amigos. Escuché en los días en los que murió Brown unas palabras que dijo Oscar Ruggeri respecto a la muerte de su amigo. Evidentemente muy entristecido por lo que había pasado con el “Tata”, declaró para la televisión en esos días que a él le consolaba pensar en que tanto Brown como José Luis Cuciuffo –compañero de ellos en el seleccionado campeón en México, muerto en un accidente de caza en diciembre de 2004– estaban en el cielo. Queremos decirle al señor Ruggeri con todo respeto, y con las mejores intenciones del mundo, que no, que los que mueren no van a ningún otro lugar a seguir viviendo como espíritus allí. Los escritos sagrados dicen que los muertos se sumen en un estado de inconsciencia absoluto, total, que se sumen como en un sueño muy profundo, que están descansando, pero que podemos tener esperanza con respecto a ellos, porque dicen aquellos escritos que los que se nos fueron no se nos fueron para siempre, que aunque a muchos les cueste creerlo, al debido tiempo de Dios –y ese tiempo está muy cerca– ellos van a volver a vivir. ¡Que esa esperanza les dé el consuelo que tanto todos ellos necesitan en estos momentos!   

62 años de edad tenía el “Tata” Brown para
el momento de su fallecimiento. Foto: Internet.