Fondo sucio

¿Cuál es el efecto sobre los mares y océanos de la gran cantidad de desechos sólidos que la gente arroja en las corrientes de agua que desembocan en ellos? ¿Estarán condenados a la ruina los fabulosos cuerpos de agua del planeta Tierra por el irresponsable estilo de vida del ser humano?

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Yo… vivo en el centro de la provincia venezolana llamada Trujillo, en la baja montaña del norte de los Andes venezolanos, más concretamente, en un municipio de unos 80 kilómetros cuadrados de extensión llamado San Rafael de Carvajal. La sección urbana de este municipio, en el que estoy residenciado desde que mis padres me sacaron del hospital en el que nací, en la vecina ciudad de Valera, está asentada sobre una terraza llamada también Carvajal, que ocupa buena parte de su territorio, terraza formada con el paso de los años por el milenario fluir de los ríos Motatán y Jiménez. Bien, en el corazón de dicha terraza, más exactamente en un sitio conocido como La Horqueta, nace o… nacía, mejor dicho, una quebrada –por aquí les llamamos a los riachuelos quebradas– llamada El Chama. En ese lugar todavía hay algunas cosas que nos hablan de la antigua gloria de ese cuerpo de agua y de su fuente: algunos árboles autóctonos preciosos y un minúsculo pero muy hermoso bosque de bambú, al cual siempre la naturaleza se encarga de hacer revivir después de que algún irresponsable le prende fuego en la época seca del año. Tan silvestre debió haber sido ese paraje en el pasado que, respecto a él, el geógrafo trujillano Américo Briceño Valero, en su legendario libro Geografía del estado Trujillo, hace cerca de cien años escribió que el nacimiento de El Chama estaba “en las montañas de El Amparo”, palabras que dejan ver lo diferente que era en esos tiempos el paraje en cuestión, cuyo paisaje hoy ha sido modificado por la abusiva ocupación de su territorio con viviendas unifamiliares y cualquier cantidad de conjuntos residenciales.

Hace unos decenios, El Chama era una corriente de agua tan limpia y de caudal tan regular, que en su niñez, varios amigos míos, hoy de edad madura, se zambullían en sus aguas especialmente cuando el riachuelo crecía por causa de las lluvias, así como también cuentan de las muchísimas tortugas que se conseguían en él, además de la gran cantidad de peces de diferentes tamaños y colores que se veían en un permanente ir y venir en casi todas sus pozas. Pero hoy, en las postrimerías del primer semestre de este año 2020, El Chama no es ni la sombra de lo que era antes, pues desde hace unos años para acá se ha ido convirtiendo en una vía de transporte de las aguas cloacales sin tratar altamente malolientes de varios barrios y urbanizaciones del centro del municipio, y de las aguas de escorrentía de varios tramos carreteros asfaltados que, como casi todos sabemos, transportan sustancias químicas y aceites de motor que degradan enormemente los recursos hidráulicos. Pero por el cauce de esta corriente no solo bajan ahora grandes cantidades de agua contaminada con desechos cloacales y otras cosas indeseables, ya que, además, se ha convertido El Chama en la vía de transporte de buena parte de la basura doméstica sólida de la mitad del Carvajal urbano, problema que ha tomado visos de extrema gravedad cuando, a la inconsciencia de la gente y su falta de aprecio por nuestro entorno natural, se le ha juntado la forma tan irregular como se presta el servicio de aseo urbano en la zona. Y tan grande es la cantidad de basura sólida que se arroja a esta quebrada que, varias veces, cuando he salido a correr un rato al norte y atravieso el tramo vial por debajo del cual pasan las aguas de El Chama buscando desembocar en el punto en el que se encuentran los ríos Motatán y Jiménez –allí ya se le llama al riachuelo con el nombre El Carachito–, he tenido que parar allí por el asombro que me produce la descomunal cantidad de botellas plásticas de refrescos y productos de limpieza que alguna crecida de la quebrada ha arrastrado desde la parte alta de la terraza carvajalense, y de algunas de sus terrazas y mesetas satélites, y que quedan acumuladas en la boca del túnel por el que esta discurre. Alguien a quien le preocupa lo afeado que se ve el lugar en el que El Chama-El Carachito ha ido acumulando poco a poco las botellas de plástico que la gente le arroja en la parte alta, pudiera respirar aliviado cuando alguna crecida aún más violenta de la quebrada saca las botellas de la entrada del túnel y las transporta a otro lugar. Quien se alegra por eso es porque no ha entendido que la basura de cualquier tipo que se arroja a las corrientes fluviales, con el paso del tiempo termina en el fondo de los océanos, contaminándolos, afeándolos y perjudicando a las criaturas que los habitan, una triste muestra de que una irresponsable acción humana de un lugar en concreto, termina generando consecuencias con el paso del tiempo en lugares de la Tierra lejanos al sitio en el que el problema comenzó. En el caso de los que arrojan basura doméstica sólida a las aguas de El Chama, estos inconscientes no saben que con esa práctica están contribuyendo al posible desborde de la quebrada y sus afluentes cuando llueve, pues las embravecidas aguas ven interrumpido su libre fluir porque su cauce ya se encuentra ocupado por la basura, y, además, así hacen que vayan a parar al Jiménez –el río al cual fluye El Chama-El Carachito–, al Motatán –el río en el que desemboca el Jiménez–, al lago de Maracaibo –cuenca a la cual alimenta el Motatán– y quién sabe si más lejos –al mar Caribe o al océano Atlántico–, botellas de vidrio que tardan mil años en descomponerse, pañuelos desechables que tardan tres meses, colillas de cigarrillo que contaminan el mar por cinco años, bolsas de plástico que lo contaminan de diez a veinte años, productos de nailon de treinta a cuarenta, latas que lo ensucian durante quinientos años y productos de poliestireno que lo hacen durante mil años. ¡Casi nada! Tanto se sabe ahora de la gran cantidad de años que tienen que transcurrir para que el planeta descomponga los plásticos y los desaparezca, que se han atrevido con preocupación algunos a decir que la existencia del plástico desechable no parece tener fin, desechos, por cierto, producidos por una sociedad de consumo, “generadora de productos desechables” –como la define la revista ¡Despertad!–, de la que no se va a erradicar pronto por iniciativas humanas los hábitos que la han convertido en una sociedad de ese tipo, aficionada de manera casi obsesiva a los productos de usar y tirar, tanto, que la misma revista ¡Despertad! dice que es posible “que algunos lectores se pregunten cómo podía funcionar el mundo antes de la era del plástico”.

Hace unos días me enteré, viendo un breve documental en el canal alemán DW, que el 90 por ciento de los nidos del pingüino de Magallanes, en el extremo sur del continente americano, están contaminados con plásticos que los vientos y las corrientes oceánicas han transportado hasta el lugar en el que habitan estas fabulosas criaturas, basura que proviene casi toda de la austral ciudad argentina de Usuaia. ¡Qué lamentable! Una triste muestra, como pasa en la microcuenca de El Chama-El Carachito, como pasa en todo el planeta Tierra, de que, como ya dije, una acción humana irresponsable llevada a cabo en un lugar en concreto, genera graves consecuencias posteriormente en parajes muy lejanos al sitio en el que el problema comenzó, en vista de que todo en el planeta está interconectado, estrechamente interconectado. Y eso que no he hablado acá hasta ahora de la gran cantidad de criaturas marinas que mueren ahogadas, o con las vías gástricas obstruidas, cuando han consumido desechos plásticos que han confundido con cosas con las que ellas regularmente se alimentan. Por supuesto que no pensaba en eso la inconsciente bañista a la cual le llamé la atención en el río Jiménez hace cosa de unos veinte años por dejar abandonada sobre una roca del cauce del río una bolsa plástica transparente en la que ella y sus compañeros habían llevado hasta el lugar hielo para enfriar las bebidas alcohólicas que habían estado consumiendo –¡adónde hubiera ido a parar esa bolsa cuando alguna de las crecidas del río o el viento la hubiera movido de allí!–. La mujer no solo se negó a llevarse la bolsa cuando respetuosamente se lo pedí –otra persona sí la retiró–, sino que también me dijo, aludiendo a mi preocupación por lo que su grupo estaba dejando atrás, esto: “¡Qué! ¿El río este es tuyo?” ¡Así me contestó! Un lamentable ejemplo de que a la mayor parte de la gente no le preocupa en absoluto el efecto de nuestro estilo de vida sobre nuestros ríos, mares y océanos, y sobre todo el planeta que el Creador nos ha dado para vivir. ¡Qué bueno que vienen tiempos mejores! Porque pronto se va a cumplir la profecía bíblica de que Dios va a arruinar a los que están arruinando la Tierra, y de que él dejará viviendo sobre el planeta solo a las personas que se comprometan de corazón a darle a nuestra gigantesca casa global el respetuoso trato que sus mares, océanos y toda ella se merecen. ¡Vienen tiempos mejores!

Según el informe Plastic waste inputs from land into the ocean, anualmente pueden llegar al océano entre 5 y 13 millones de toneladas métricas de plástico . Foto: renovablesverdes.com

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