Cuando el Diablo se sentó en Ruanda

ARTÍCULO EXTRAESPECIAL

Hace unas semanas se estuvieron cumpliendo 26 años del comienzo del genocidio en Ruanda, el de más violento desarrollo en la convulsa historia del ser humano sobre este planeta. ¿Cuáles fueron las causas de esa tragedia? ¿Hay alguna razón para pensar que catástrofes como aquella no se repetirán en el futuro ni en Ruanda ni en ninguna otra parte de la Tierra?

Por Oswaldo de Jesús Briceño Abreu, periodista ciudadano

Avanzaba la segunda parte del primer semestre del año 1994. Yo estaba por cumplir 22 años de edad. Como amante del fútbol que soy, mis pensamientos en aquellos días estaban ocupados en el cercano Mundial de Fútbol de Estados Unidos y en el equipo de fútbol aficionado que dirigía aquí, en el municipio trujillano de Carvajal en el que aún vivo, en los Andes venezolanos, aunque también en mi trabajo como recepcionista en el hotel de la ciudad de Valera conocido como Aurora y en el cumplimiento de otros deberes. Fueron quizás esas las razones por las que me parecieron lejanas, muy lejanas, algunas noticias que llegaban desde cierto país africano respecto a una guerra civil y un espantoso genocidio que habían empezado a ocurrir en ese país después de la muerte del político que lo presidía. El país se llamaba Ruanda. Hasta que cierta noche pasó algo que hizo que, a partir de ese momento, yo me conectara profundamente con la pesadilla que en esos días se vivía en aquella lejana nación.

En una oportunidad, después de atender las obligaciones propias del cambio de guardia en mi puesto de trabajo en el Aurora, enciendo un televisor que estaba cerca de la recepción y sintonizo, para matar el tiempo viendo noticias, un canal internacional cuya señal en esos tiempos llegaba a acá a Trujillo. Si todavía existe, ese canal se llama Univisión. ¡Tamaña sorpresa me llevé! Estaban hablando de la guerra en Ruanda y, como parte del reportaje, se permitió que el mundo entero viera unas imágenes que un periodista con su videograbadora había captado desde el edificio de apartamentos en el que estaba escondido, en las que se observaba cómo unos hombres armados con garrotes al fondo de una calle estrecha empujaban a unas personas a las que llevaban amarradas, las sentaban en una de las aceras de la calle y luego comenzaban a golpearlas con los garrotes que empuñaban. Claro, se veía que cuando las personas eran golpeadas en el cráneo con el primer garrotazo se iban de espaldas al suelo, donde sus verdugos seguían apaleándolas hasta que, por supuesto, las víctimas morían. Mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo. ¡Verdad! ¡No lo podía creer! Yo nunca había presenciado escenas de la vida real en las que se viera a un ser humano matando a otro, menos de esa manera. ¡Hasta aquel momento! Aunque me horrorizó ver aquello, en los días siguientes estuve pendiente del desarrollo de los acontecimientos en aquel lugar, y las cosas que seguí observando y escuchando respecto a lo que estaba pasando allí me impactaron tanto que, después de que terminó el conflicto, siempre que se presentaba la oportunidad le conversaba a otros acerca de este. Cuando a partir de 1998, ya con 26 años cumplidos, empecé a dar conferencias, no desperdiciaba chance para hablarles a los auditorios que se sentaban frente a mí de la tragedia de Ruanda y de las lecciones que le debió haber dejado a la raza humana dicha tragedia. Hoy, a escasas semanas de haberse cumplido el vigésimo sexto aniversario del comienzo de aquel genocidio, la oportunidad es propicia para escribirle al mundo entero acerca de mi percepción de lo que allí ocurrió y de la enseñanza que aquella extremadamente espantosa guerra debe haberle dejado al ser humano, que enfrenta ahora, esta vez en el mundo entero, tiempos cada vez más convulsos, tiempos que nos muestran que algo muy grande está por ocurrir pronto en todo el planeta. ¡Yo que se los digo!

LA SUIZA DE ÁFRICA

Ruanda es un pequeño país ubicado un poco por debajo de la línea ecuatorial, entre el centro y el oriente del continente africano. Limita con las naciones de Uganda, la República Democrática del Congo, Burundi y Tanzania. Su capital es la ciudad de Kigali, mientras que otros de sus centros urbanos importantes son Kanombe, Masaka, Bugesera, Muhanga, anteriormente llamada Gitarama; Nyanza, anteriormente llamada Nyabisindu; Save, Huye, antes denominada Butare; Musanze, antes Ruhengeri, y Rubavu, la anterior Gisenyi, ubicada cerca del lago Kivu y de la ciudad congolesa de Goma, justamente allí, en los límites noroccidentales con la República Democrática del Congo. Está considerado Ruanda como el país más densamente poblado de África, pues sus aproximadamente 11 millones de habitantes viven en un territorio que mide solo unos 180 kilómetros de norte a sur y 230 kilómetros de este a oeste.

Aspecto de una parte de la ciudad de Kigali, la capital de Ruanda. Foto: Internet.

Su población está compuesta de los grupos étnicos twa, hutu y tutsi, aunque también viven allí muchos europeos y asiáticos. Los twa son una especie de grupo pigmeo que entró hace siglos a lo que hoy es Ruanda. Se establecieron en las montañas, en donde conseguían su sustento en base a la caza, la pesca y la recolección de productos vegetales en los bosques. Después llegaron los hutus y los tutsis, dedicándose los primeros a la agricultura y los otros al pastoreo. Más de la mitad de los ruandeses son católicos –62,6 por ciento de su población–, poco más de la cuarta parte son protestantes –18,8 por ciento–, incluido un gran número de adventistas –8,4 por ciento–; además de que también hay musulmanes –1,2 por ciento– y practicantes de varias religiones tradicionales –1 por ciento–. También hay algunos miles de testigos de Jehová. El idioma principal es el kiniaruanda, aunque para el comercio con los países vecinos se habla el suajili. El francés y el inglés también se escuchan allí. La vida económica de Ruanda gira en torno al cultivo del café, el te y el pelitre, producto este último que posee propiedades insecticidas. Además se cultivan frijoles, papas y plátanos, aunque la producción de estos rubros se utiliza solo para el consumo interno.

Uno de los impresionantes paisajes de montaña que son comunes en Ruanda. Foto: Internet.

El clima de este país, aunque obviamente tropical, es muy agradable, pues Ruanda es montañoso, con una temperatura media anual en el interior de 20 grados centígrados. Las lluvias les proveen cada año a los ruandeses unos 1.100 milímetros de agua. Es precioso Ruanda, uno de los países más bellos del continente africano. En una oportunidad leí que algunos le decían –así de hermoso es– la Suiza de África, porque no solamente hay en Ruanda montañas hermosas, no; también hay allí lagos por todas partes –el más famoso es el lago Kivu, que comparte con el Congo–, además de bosques y bonitas cascadas. Su punto más alto es el volcán dormido Karisimbi, ubicado en el noroeste, en los límites con el Congo, cuya cumbre nevada alcanza los 4.480 metros de altitud, y que forma parte de la cordillera conocida como los montes Virunga. Entre la abundante vegetación ruandesa viven el gorila de montaña, llamado por una publicación “uno de los más preciados tesoros de Ruanda”; los monos dorados, alrededor de trescientas especies de aves, cualquier cantidad de mariposas, chimpancés, el colobo blanco y negro y 70 especies de mamíferos más. El bambú y las orquídeas medran por todos lados. En el Parque Nacional Nyungwe nace un riachuelo que fluye hacia el este y que a medida que desciende desde sus fuentes es alimentado por otras corrientes que, por supuesto, aumentan su caudal, hasta que desemboca en el famoso lago Victoria. Luego salen de allí, se hacen fuertes más allá de Etiopía, salen de Sudán, entran en Egipto y luego de atravesar este país desembocan en el mar Mediterráneo. Es el río Nilo, uno de los más largos de la Tierra. Sí, el gran río Nilo nace en Ruanda. ¡Casi nada!

TRAGEDIA EN EL HORIZONTE

Hace muchísimos años, Ruanda fue colonia primero de Alemania y luego de Bélgica. A partir del siglo 19, al gobierno colonial belga le dio por ‘establecer allí un sistema social racista utilizando una distinción antigua dentro de la etnia banyaruanda del pueblo bantú, a la que pertenecía casi toda la población, organizándola institucionalmente como castas, aun cuando no había ningún rasgo que diferenciara’ a las personas, es decir, que las diferenciara por color de piel. Así describe el sitio Wikipedia aquel invento loco de la Bélgica colonialista. A partir del comienzo de la ejecución de ese proyecto sin sentido, la minoría tutsi, que componía el 15 por ciento de la población –los tutsis son altos y esbeltos–, quedó establecida como la casta dominante, la casta feudal, mientras que la mayoría hutu, que componía el 85 por ciento de la población –los hutus son de baja estatura pero musculosos–, pasó a ser la casta subordinada, dice Wikipedia que “incluso sometida a trabajos forzados”. El monstruo comenzaba a gestarse.

En 1961 Ruanda consigue independizarse de Bélgica, quedando abolida, por lo tanto, la monarquía, y abonado el terreno para que se declarara la república. Pero automáticamente también comenzaron los problemas porque, mal que bien, los belgas habían estado controlando el resentimiento de la mayoría hutu hacia los tutsis por la ya larga dominación feudal de estos sobre aquellos, situación que, como ya dije, los mismos belgas habían creado para su propio beneficio colonial. Pero ida Bélgica formalmente de territorio ruandés, llegaron los días para el ajuste de cuentas, ajuste que no se hizo esperar y que fue in crescendo, como bien lo reconoce la revista Selecciones en su número de enero de 1995, en el artículo firmado por Malcolm McConnell titulado Pesadilla en Ruanda, que dice más o menos esto en uno de sus párrafos: ‘En los 30 años transcurridos desde su independencia de Bélgica, este país centroafricano había vivido desgarrado por los conflictos étnicos y políticos surgidos entre los hutus y los tutsis’. Aunque, por supuesto, ya no con la influencia de antes, la misma Bélgica había contribuido a esa situación fomentando la creación de partidos políticos sobre bases étnicas. Misioneros católicos europeos también habían aportado para eso.

En 1972 –por cierto, el año de mi nacimiento–, en el vecino país de Burundi 350.000 hutus fueron asesinados por tutsis –la población de esa nación es de composición similar a la ruandesa–. Y en julio de 1973, un militar de nombre Juvénal Habyarimana le da un golpe de Estado al gobierno ruandés en funciones, instalándose él en el poder y, como dice Wikipedia, comenzando a levantar el país con el apoyo de Francia. Este señor había entrado a formar parte de la Guardia Nacional en 1960, ganándose la admiración de muchos por haber reprimido, a pesar de ser él hutu también, a los insurgentes de esa etnia que querían asirse del poder en aquel entonces. No obstante, el panorama político siguió siendo inestable. En octubre de 1990, fuerzas del grupo rebelde Frente Patriótico Ruandés, fundado, entre otros, por Paul Kagame, y compuesto mayormente por tutsis, entra desde Uganda e invade todo el norte del país. La comunidad internacional interviene y cesa la entrada de tropas rebeldes desde territorio ugandés. Cierto libro confiable dice que en 1991 “se tomaron medidas para establecer una estructura multipartidista en el país. Surgieron partidos grandes y pequeños, lo cual dio lugar al tribalismo y al regionalismo. Algunos eran de posturas moderadas, mientras que otros eran extremistas”. Seguía aumentando la presión en la olla.

En 1992 se convoca a elecciones y las gana Juvénal Habyarimana, quien, interesado en la reconciliación entre hutus y tutsis, nombra a un tutsi primer ministro, pero los rebeldes invaden una vez más los territorios del norte del país, provocando la huida de cerca de un millón de personas y estacionándose para 1993 a escasos kilómetros de Kigali. Negociaciones entre las partes en conflicto y mediadores internacionales llevadas a cabo en la vecina Tanzania permiten un temporal cese al fuego, el establecimiento de una zona desmilitarizada y que el gobierno hutu de Habyarimana acceda a que tengan parte en dicho gobierno el Frente Patriótico Ruandés y diferentes partidos políticos, es decir, a formar lo que se conoce como un gobierno de coalición.

El presidente de Ruanda para 1994, señor Juvénal Habyarimana. Foto: Wikipedia

Pero, entonces, ocurrió la tragedia. En las primeras horas de la noche del miércoles 6 de abril de 1994 –fecha aciaga para la entera raza humana–, mientras se acercaba al aeropuerto de Kigali el avión que traía al presidente Juvénal Habyarimana y al presidente de Burundi, el señor Cyprien Ntaryamira, de una conferencia de paz en Tanzania, en momentos en que el presidente ruandés quizá venía pensando en cómo convencer a los funcionarios hutus intolerantes de su gabinete para que “aceptaran compartir el poder con los tutsis”, dos misiles tierra-aire impactaron el avión presidencial, derribándolo y haciendo que estallara en llamas. Aparte de los presidentes y su personal de confianza, varios ciudadanos franceses venían en el vuelo. ¡Nadie sobrevivió! Desde que supe de eso, por allá por 1994, siempre creí que el tutsi Frente Patriótico Ruandés había estado detrás de ese magnicidio, pero como muchos, ahora creo que los hutus extremistas del gobierno de Habyarimana que no estaban de acuerdo con la reconciliación con los tutsis fueron los que tumbaron el avión de su presidente, hutu como ellos. ¡Así es la política! Sí, mueren el presidente Habyarimana y el presidente de Burundi y… estalla la locura, se sueltan los demonios, porque eso fue lo que literalmente ocurrió en la Suiza de África: se soltaron los demonios tras la muerte de Juvénal Habyarimana.

COMIENZA LA LOCURA

En las últimas horas de la madrugada del jueves 7 de abril mucha gente despertó sobresaltada por los sonidos de disparos de ametralladoras y explosiones de granadas que llegaban hasta sus oídos. Seguidamente se supo que el ministro de Defensa había dado la advertencia de que la gente se mantuviera en sus casas. Pocos momentos después, medio mundo se enteró de que las explosiones y disparos que se escuchaban por todas partes no solamente provenían de los reanudados enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno y el Frente Patriótico Ruandés, sino que también venían de las casas que habían invadido para saquearlas y matar a sus ocupantes, militares oficialistas hutus y el Interahamwe, como se denominaba a las diabólicas milicias juveniles entrenadas y controladas por radicales hutus. Emisiones radiofónicas de varias emisoras comunitarias, especialmente de la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, fundada en 1993, y que había empezado a funcionar colocando música rock y pop, exhortaban, como dice el artículo de la Selecciones titulado Pesadilla en Ruanda que mencioné ya por allí, “a los leales hijos de Ruanda a ‘desterrar’ a los tutsis, y a tomar represalias contra los hutus moderados y los belgas, a quienes se acusaba de favorecer a los tutsis”. En otras palabras, se dedicaron estas emisoras radiales a, como dijo el Buenos Aires Herald, ‘aguijonear a civiles con propaganda que incitaba al odio’. Una de las primeras hutus moderadas caídas a manos de sus hermanos de etnia justamente aquel jueves 7 de abril fue la Primera Ministra de Ruanda, la señora Agathe Uwilingiyimana, que estaba, como el señor presidente Habyarimana, a favor de la reconciliación con la minoría tutsi. Se cuenta en Pesadilla en Ruanda que cerca de las 8 y 15 de la mañana llamó por teléfono a la residencia de al lado de donde ella vivía, ocupada por personal consular estadounidense, para pedir que la escondieran. La funcionaria que la atendió por supuesto que accedió a su petición, pero cuando un soldado desarmado de la ONU trató de ayudarla para que saltara al jardín de la casa de los diplomáticos, unos milicianos armados los vieron y les dispararon. No hirieron a ninguno de los dos pero sí hicieron que renunciaran a su intento de saltar la valla. La diplomática ocupante de la residencia consular cuenta que media hora después, el grupo de más o menos 10 milicianos fuertemente armados, y que minutos antes habían entrado a dicha residencia a revisarla para ver si ella había logrado esconder allí a la señora Uwilingiyimana, consiguieron entrar a la casa de la Primera Ministra y la mataron a tiros. Dice la funcionaria estadounidense que desde la residencia en la que estaba ella escuchó su último grito. Algunos cuentan que fue violada antes de que la mataran. Su esposo también fue asesinado, mientras que sus 5 hijos salieron ilesos del ataque porque previamente habían sido escondidos en una casa cercana, desde donde fueron movidos al seguro Hotel des Mille Collines por el valiente capitán senegalés Mbaye Diagne, integrante no armado de las fuerzas de paz de la ONU en Ruanda de 35 años de edad, del cual se dice que antes de morir el 31 de mayo alcanzado por fuego de artillería que no era para él le había salvado la vida a alrededor de 1.000 personas. Desde allí se logró sacarlos secretamente hacia Suiza

La señora Agathe Uwilingiyimana, aunque hutu, estaba a favor de la reconciliación con la minoría tutsi. Lamentablemente, lo pagó con su vida. El sitio electrónico de donde fue tomada esta fotografía también dice que su asesinato fue una reacción estratégica para crear un vacío de poder y evitar así que dicho poder cayera en manos de gente afín al Frente Patriótico Ruandés. Foto: mividaenmarcha.blogspot.com

Más o menos a las 10 y 30 minutos de la mañana de ese jueves se supo que un comando de 10 guardias de paz belgas de la ONU que tenía la misión de rescatar a la señora Uwilingiyimana había caído en una emboscada de tropas rebeldes ruandesas. Así se informó en Pesadilla en Ruanda. Después, en el sitio Wikipedia se reportaría que los que emboscaron a los llamados cascos azules belgas fueron hutus. Era lógico. Bien; en el tiroteo inicial entre unos y otros, 3 de los belgas fueron muertos o heridos. Los sobrevivientes piden por radio instrucciones, y sus superiores cometen el trágico error de ordenarles que entreguen sus armas “‘para evitar mayor derramamiento de sangre’”. Mala decisión –con fanáticos pasados de droga y de alcohol no se puede negociar–, pues en cuanto los guardias de paz se rindieron, sus atacantes se lanzaron sobre ellos, les cercenaron el tendón de Aquiles con machetes para que no pudieran correr y después los descuartizaron vivos uno por uno. Mientras, lo que hicieron las bandas de asesinos hutus con los belgas comenzó a hacerse común en las calles de Kigali y en toda Ruanda. Se informa que aquel mismo jueves, en su persecución de tutsis y de familias hutus adineradas, los milicianos hutus estaban acabando con la vida de grandes cantidades de personas, matanzas que se intensificarían todavía más en todo el país cuando, al paso de las semanas, el Interahamwe cayó en la desesperación al ver que el Frente Patriótico Ruandés ganaba terreno en la capital. Selecciones dice que les hacía gracia hacer caer a los niños tutsi que se habían encaramado en las vigas de los techos para esconderse de ellos. También comenta que entraron a la fuerza en un convento jesuita del norte de Kigali, mataron a unos sacerdotes tutsi y les cayeron a tiros a unas monjas “que les pedían clemencia de rodillas”.

Conforme fueron transcurriendo las horas, en todo el país empezaron a establecerse controles en las carreteras manejados por hutus extremistas armados sumamente violentos y bajo los efectos del alcohol y de sustancias psicotrópicas, controles en los que, tutsi que llegaba tratando de seguir su camino, tutsi que era asesinado. En un solo lugar a las afueras de un pueblo, el Interahamwe, después de haberlos dirigido hasta allí, ejecutó a más de dos mil tutsis. Casas de familias tutsis fueron totalmente incendiadas, seguro que con muchos de sus ocupantes adentro. La señora Joyce Leader, subjefa de la representación diplomática estadounidense en suelo ruandés, contó para Pesadilla en Ruanda que, cuando las potenciales víctimas trataban de huir por la parte de atrás de las casas invadidas por asesinos hutus sedientos de sangre, estos se lanzaban sobre ellas en los jardines “y las mataban de un tiro en la cabeza”. Testigos presenciales de esta horrenda carnicería que fue esa guerra civil dicen que vieron a madres con niños a la espalda –como se acostumbra en aquella tierra– asesinando personas a machetazos o a palazos; de hecho, la revista ¡Despertad! diría después, en abril de 1996, que la organización Derechos de África, con sede en Londres, exigía que ‘las mujeres asumieran el mismo grado de responsabilidad que los hombres por el genocidio en Ruanda durante 1994’. Según ¡Despertad!, la organización dijo: “Millares de mujeres fueron asesinadas por otras mujeres. Participaron a un grado sin precedentes en la masacre; no fue una situación imprevista. Los artífices del holocausto procuraron involucrar a la mayoría de la población: hombres, mujeres y hasta niños de ocho años. Se propusieron crear una nación de extremistas unidos por la sangre del genocidio”. ¡Despertad! remató diciendo que “muchas de las participantes ocupaban puestos de confianza: ministras del gabinete, administradoras regionales, monjas, maestras y enfermeras. Algunas se lanzaron directamente al degüello con machetes y pistolas, mientras que otras lo apoyaron incitando a los asesinos varones, permitiéndoles entrar en las casas y hospitales, y saqueando los hogares y los cadáveres”.

Mujeres cargando a sus hijos a la espalda, como la pobre madre a la cual se ve en la foto llorando de impotencia ante la tragedia que la rodea, fueron asesinadas a machetazos y a garrotazos por mujeres que también cargaban a sus hijos de similar forma. Foto: El Tiempo de Colombia.

Sí, hasta se vio a niños pequeños, niños de unos 8 años de edad, como ya se dijo, matando a otros niños. Vecinos mataron a sus vecinos de toda la vida, así como amigos mataron a amigos de toda la vida. En las calles y caminos empezaron a hacerse visibles montones de cadáveres humanos que comenzaban a descomponerse. Se cuenta de casos de personas que pagaron mucho dinero para que las mataran a tiros y no por tortura, para no sufrir tanto, porque matar a una persona a hachazos, a palazos o a machetazos es matarla por tortura, sin lugar a dudas. En algunas casas invadidas hubo tiroteos entre los mismos hutus mientras reñían por las cosas que encontraban. Hubo noches en las que, desde mi puesto de trabajo en el Aurora, vi en los noticieros escenas de cuerpos de gente asesinada arrastrados por las corrientes de los ríos, así como también vi escenas de pescadores tratando de sacar del lago Kivu en sus embarcaciones cadáveres humanos que habían llegado hasta dicho lago para que no lo contaminaran y, entonces, evitar que saliera perjudicado su medio de subsistencia.

Hasta cosas parecidas a cámaras de exterminio se instituyeron para acabar con la mayor cantidad posible de tutsis, pues veamos lo que al respecto se dijo en una publicación titulada en español Genocidio y cristianismo en Ruanda: “Aprovechándose del concepto histórico de que las iglesias son refugios santos, los autores del genocidio lograron que miles de tutsis acudieran a ellas con la falsa esperanza de que serían protegidos. A todos los que se refugiaban tanto en las iglesias como en las escuelas, la milicia hutu y los soldados los exterminaban sistemáticamente: les disparaban y les arrojaban granadas, y luego remataban a los sobrevivientes con machetes, hoces y cuchillos”. De 250.000 a 500.000 mujeres fueron violadas. Después de que terminó la guerra, cuando a mediados de julio el Frente Patriótico Ruandés terminó de tomar Kigali, la tragedia para Ruanda continuó, pues 5.000 bebés producto de aquellas violaciones fueron asesinados poco después de su nacimiento. El movimiento de desplazados huyéndole a aquella pesadilla también fue una cosa de locos. Sin contar al millón de personas que entraron en la clasificación de desplazados internos, se dice que para el fin del genocidio a Tanzania habían ido a dar 480.000 personas, a Burundi poco más de 200.000 y a Uganda unos 10.000, mientras que la increíble cantidad de 2 millones de personas habían ido a parar a la República Democrática del Congo –la anterior Zaire–, donde, tristemente para muchos de ellos, dice Wikipedia que el corrupto presidente Mobuto Sese Seko permitió a los extremistas hutus que llegaron a su territorio huyéndole al Frente, ocasionar algunos daños entre dichos refugiados.

Cerca de un millón de muertos en 100 días dejó el conflicto en suelo ruandés; es decir que tengo razón cuando digo que este genocidio superó a la porquería que hicieron en la Segunda Guerra Mundial los nazis contra los judíos y otras minorías, pues aunque esos otros locos mataron cerca de 11 millones de judíos durante el tiempo que duró ese conflicto, no llegaron a terminar con la vida de un millón de ellos en 100 días, como sí lo hicieron los radicales hutus con los tutsis y con muchos hutus moderados. Una enciclopedia sobre el tema de los genocidios dice: “La terrible matanza de Ruanda, que tuvo lugar en 1994, es uno de los casos más claros de genocidio de la historia moderna. Desde principios de abril hasta mediados de julio de aquel año, una enorme cantidad de tutsis, grupo étnico minoritario de esta pequeña nación de África central, fueron asesinados sistemáticamente por miembros del grupo étnico mayoritario: los hutus. Por temor a perder el poder debido a un movimiento democrático y una guerra civil, el gobierno extremista hutu organizó el exterminio de todo aquel que representara una amenaza, fuera tutsi o hutu moderado. El genocidio vio su fin cuando las fuerzas rebeldes, compuestas en su mayoría de tutsis, ocuparon el país y desterraron a los líderes del régimen. En tan solo cien días, el genocidio y la guerra cegaron la vida de un millón de personas, haciendo de aquella matanza una de las más sangrientas de toda la historia”.

LA RELIGIÓN EN RUANDA Y EL GENOCIDIO

Es moralmente necesario decir que muchísimos religiosos ruandeses tuvieron participación activa en aquel desastre. El sitio Wikipedia contiene una abrumadora lista de las “joyitas” esas que, o participaron activamente en el genocidio, o mostraron de una u otra manera que lo consentían. Uno de ellos fue el obispo católico de Gikongoro, monseñor Augustin Misago. Después del fin de la guerra fue acusado de participar en esta. Fue absuelto de los cargos en el año 2000, aunque, entre otras cosas, el 4 de mayo de 1994 se presentó junto con la policía extremista hutu ante un grupo de 90 niños tutsi que se encontraban retenidos. El tipo les dijo a los niños que no tenían nada de qué preocuparse, pues la policía cuidaría de ellos. Wikipedia dice que 3 días después esos policías colaboraron en la masacre de 82 de aquellos indefensos niños. Otro fue el sacerdote Wenceslas Munyeshyaka, líder de la parroquia Sainte-Famille de la ciudad de Kigali. De él se dice que participó activamente en la masacre, pero sacerdotes franceses lo ayudaron a escapar del país con rumbo a Francia. Allí fue arrestado y enjuiciado, pero lo declararon inocente. En 2006, el exsacerdote Athanase Seromba fue condenado a 15 años de prisión por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda –le dieron muy poco más bien, porque mínimo se merecía cadena perpetua sin derecho a libertad condicional– por invitar a muchos tutsis a que entraran a una iglesia para que no les pasara nada, y después de que estos habían entrado allí confiando en él, dio la señal para que extremistas hutus echaran abajo la iglesia con excavadoras, aplastando a los que se encontraban dentro. Si quedaron sobrevivientes, seguro que los remataron a tiros o a machetazos. Murieron 2.000 personas.

Otro de la lista de Wikipedia es el médico y pastor adventista Elizaphan Ntakirutimana, de 78 años. Él y un hijo suyo recibieron penas de cárcel por su participación activa en el genocidio. Otro es Francis Bazaramba, de 59 años, pastor de la Iglesia Bautista de Ruanda, quien fue condenado a cadena perpetua por un tribunal de Finlandia por ordenar el crimen de 5 tutsis. Esa condena fue resultado de una investigación policial de 2 años de duración por parte de agentes finlandeses, quienes visitaron Ruanda varias veces e interrogaron a más de 100 personas, según Wikipedia. Otro es Jean Bosco Uwinkindi, pastor de la Iglesia Pentecostal en la iglesia evangélica de Kanzenze, en la prefectura de Kigali Rural, quien cooperó para que una milicia antitutsi matara más de dos mil tutsis y hutus moderados. En Bélgica, 2 monjas fueron condenadas como cómplices de asesinato. Una de ellas es la monja Gertrude Mukangango, quien se metió en problemas con la justicia por su participación en la matanza de 7.000 personas que buscaban refugio en su convento. La otra es la monja María Kisito Mukabutera. Esta, junto con la monja Mukangango, suministró latas de combustible a las milicias hutus para que incendiaran un garaje dentro del cual se encontraban unas 500 personas. Obispos anglicanos también participaron en el genocidio, como Samuel Musabyimana. El obispo Aaron Ruhumuliza, jefe de la Iglesia Metodista Libre en Gikondo, Kigali, ayudó a que hubiera una matanza dentro de su propia iglesia. De otro, un tal Michel Twagirayesu, presidente de la Iglesia Presbiteriana de Ruanda y exvicepresidente del Consejo Mundial de Iglesias, dice Wikipedia que participó activamente en la matanza de feligreses y colegas suyos.

Tan abrumadora fue la participación de líderes religiosos católicos en las matanzas en Ruanda que el 20 de marzo de 1996 el papa Juan Pablo II admitió oficial y formalmente que decenas de sacerdotes, religiosos y monjas de las dos etnias habían tomado parte activa en la guerra. Admitió lo siguiente el Papa en la edición en español del periódico L’Osservatore Romano: “Se trata de un verdadero genocidio, en el que, por desgracia, también están implicados algunos católicos”.En esos días, el National Catholic Reporter dijo que al Papa “le causaban ‘inmenso dolor’ las recientes noticias sobre el conflicto existente en la pequeña nación africana de Burundi, de población predominantemente católica”. Esas declaraciones que el Papa hizo fueron muy interesantes, aunque, lamentablemente, después intentó absolver de la culpa a la Iglesia católica cuando afirmó que ‘a la Iglesia como tal no podía considerársele responsable de los hechos de sus miembros, que se comportaron contra la ley evangélica’. Aunque añadió: “Todos los miembros de la Iglesia que pecaron durante el genocidio han de tener la valentía de aceptar las consecuencias de los hechos que cometieron”. Luigi Accattoli, comentarista sobre asuntos vaticanos, le dijo al diario italiano Corriere della Sera, que la declaración del máximo líder católico en la que instaba a sus correligionarios a no eludir la acción de la justicia, ‘ponía el dedo en la llaga, pues entre los acusados de genocidio figuraban sacerdotes que se habían refugiado en el extranjero’.

Perdió mucha credibilidad la Iglesia católica por la participación de sus líderes ruandeses en el genocidio de 1994 en el país africano. The New York Times informó poco después de esa guerra que ‘las masacres de Ruanda habían hecho que muchos católicos de ese país se sintieran traicionados por la jerarquía eclesiástica’, y que la “Iglesia frecuentemente estaba dividida en bandos étnicos, entre hutus y tutsis”. Además publicó las palabras de un sacerdote de la Sociedad Misionera de Maryknoll, quien dijo: “La Iglesia fracasó de manera lamentable en Ruanda en 1994. En cierto sentido, muchos ruandeses dan a la Iglesia por perdida. Ya no tiene ninguna credibilidad”. También publicó The New York Times en su edición del 7 de julio de 1995 que la revista Golias, una publicación periódica de orientación católica laica y liberal con sede en Lyón, Francia, se había propuesto identificar a unos 26 sacerdotes y a 4 monjas ruandeses que, según Golias, o bien habían participado en las matanzas de Ruanda, o bien las habían incitado. Andaba Golias en la misma dirección que African Rights, organización con sede en Londres de donde salió la declaración con respecto al caso Ruanda de que ‘las iglesias debían responder, aún más que por su silencio, por la complicidad activa en el genocidio de algunos de sus sacerdotes, monjas y pastores’. Y el famoso exarzobispo anglicano Desmond Tutu dijo refiriéndose al tema que estamos tratando que “quienes lucharon unos contra otros en esta sangrienta locura pertenecían a la misma fe. La mayoría eran cristianos”.

Claro, a mucha gente informada no nos extrañó gran cosa que tantos líderes católicos ruandeses participaran en el genocidio. ¿Por qué lo digo? Por lo que viene a continuación. En el libro La naturaleza del prejuicio, Gordon W. Allport señala que, como promedio, los miembros de la Iglesia parecen ser más prejuiciosos que quienes no pertenecen a ella. Y justamente en parte por eso, por ser prejuiciosos en extremo, es que tantos católicos se dieron a la tarea de matar gente en Ruanda como lo hicieron. Cierta respetada revista de circulación mundial dice, además, que “el clero, por ejemplo, fomentó el antisemitismo durante siglos”, y cita de un libro titulado La historia del cristianismo en el que aparece la siguiente declaración que hizo en cierta ocasión Adolf Hitler: “Con respecto a los judíos, me limito a ejecutar la misma política que la Iglesia Católica ha adoptado durante 1.500 años”.Y la revista agrega que “la propia Iglesia católica ha reconocido su historial de intolerancia”, diciendo, además, que en una misa pública celebrada en Roma en el año 2000, el papa Juan Pablo II había pedido perdón por “las desviaciones del pasado”, por “la intolerancia religiosa y las injusticias de que fueron objeto judíos, mujeres, indígenas, inmigrantes, pobres y los no nacidos” por parte de la Iglesia.

La publicación Genocidio y cristianismo en Ruanda, de la cual cité unos párrafos atrás dice que “la participación de las iglesias no se limitó a permitir que sus edificios se convirtieran en cámaras de exterminio. Hubo miembros del clero, catequistas y otros empleados de las iglesias que delataron a los tutsis que había en su comunidad. En ocasiones, ellos mismos fueron los verdugos”. Y a esto, una enciclopedia sobre genocidios y otros crímenes contra la humanidad –ahora recuerdo que también cité de esta ya por allí– agrega: “A la Iglesia Católica se le acusa principalmente de haberse desvinculado de la élite tutsi para promover una revolución hutu y de propiciar la ascensión al poder de Habyarimana en un gobierno de mayoría hutu”. Eso hace que me acuerde ahorita de que Wikipedia dice que el obispo de Kigali, el sacerdote Vincent Nsengiyumba, era miembro del comité central del partido único de Habyarimana. La citada enciclopedia finaliza su comentario así: “Con respecto al genocidio, los críticos responsabilizan una vez más a la Iglesia por incitar al odio, proteger a los culpables y traicionar a los que se refugiaron en sus recintos. Y hay quienes piensan que la Iglesia, guía espiritual de la mayoría de los ruandeses, no cumplió con su deber moral de hacer todo lo posible por detener la matanza”.

También con respecto a la participación de la religión católica en el genocidio ruandés en el que, un tercio de los masacrados fueron indefensos niños, el escritor canadiense Hugh McCullum dijo desde Ruanda poco después del fin del conflicto esto: “En Kigali, un sacerdote hutu señala que es inexplicable el fracaso de la Iglesia a la hora de brindar orientación moral. El lugar que ocupan los obispos en la sociedad ruandesa tendría que haber representado un papel de gran trascendencia. Sabían que se avecinaba la catástrofe mucho antes de desencadenarse las matanzas. Si los púlpitos hubieran difundido a casi toda la población un mensaje firme, tal vez se hubiera evitado el genocidio. Pero la jerarquía se quedó muda”. Y con referencia a la participación en el conflicto de la mayoría de los grupos religiosos ruandeses llamados cristianos, también después de terminar la matanza de 1994, Justin Hakizimana, anciano de una Iglesia, comentó en una pequeña reunión celebrada en una iglesia presbiteriana de Kigali que ‘la Iglesia había secundado la política de Habyarimana’, y agregó: “No condenamos lo que ocurría porque estábamos corrompidos. Ninguna de nuestras iglesias –y la católica menos que ninguna– condenó las matanzas”. Otro que al respecto se pronunció en Ruanda después del fin de la guerra fue Aaron Mugemera, pastor eclesiástico, quien, entre otras cosas, dijo: “La Iglesia ha caído en vergüenza. Hemos padecido masacres desde 1959. Nadie las condenó. No hablamos porque teníamos miedo y porque estábamos a gusto”.

Gente que decía ser cristiana mató salvajemente a gente que decía profesar la misma fe. El genocidio en Ruanda dejó en evidencia a las religiones mal llamadas cristianas. Foto: Internet.

Claro, hubo excepciones en la participación de los grupos religiosos ruandeses en la catástrofe de 1994, muy contadas, por supuesto, pero las hubo, porque el sitio Wikipedia dice textualmente esto: “Sin embargo, Human Rights Watch también informa de otros que fueron mártires por defender a las víctimas del genocidio. Hubo mártires católicos como Fr. Georges Gashugi, Fr. Vjeko Curic y Sor Felicitas Niyitegeka, más muchos miembros del Camino Neocatecumenal, que se negaron a participar en los asesinatos o a entregar a sus hermanos, resultando varios de ellos mártires. Los musulmanes defendieron con éxito los barrios musulmanes negándose a entregar a sus hermanos tutsi; en ninguna mezquita hubo masacres como en los templos cristianos. Ningún musulmán fue condenado por complicidad en el genocidio. También entre los testigos de Jehová hubo víctimas, alrededor de 400, que fallecieron al negarse a matar o al descubrirse que ocultaban a sus hermanos y vecinos tutsi, y fueron especialmente perseguidos por el régimen al negarse a portar armas y participar en las ceremonias de adoctrinamiento colectivo. Lamentablemente todos estos casos resultaron una excepción respecto al total de la población”.

El periódico Intaremara felicitó luego de la guerra a un testigo de Jehová hutu llamado Gaspard Rwakabubu, quien después de trabajar varios años como mecánico para una compañía minera que explotaba cobre en el Congo, había regresado con su familia a su natal Ruanda para ayudar en la obra educativa que su religión efectuaba casa por casa en ese país. Lo felicitó Intaremara porque, a pesar de ser hutu, protegió a todos los compañeros de creencia tutsis suyos que pudo. Textualmente, ese periódico dijo esto de él: “Escondió aquí y allá a sus hermanos (así es como ellos se llaman unos a otros). Solía pasar todo el día llevándoles alimento y agua potable, aunque padece de asma. Pero Dios lo hizo extraordinariamente fuerte”. El 7 de abril de 1994 el señor Rwakabubu y su familia se salvaron de milagro de que 6 soldados oficialistas, hutus como ellos, bajo los efectos de droga y alcohol, los mataran dentro de su casa, pues sabedores de su neutralidad, entraron a la vivienda, golpearon con palos al matrimonio, llevaron a toda la familia a una habitación, los envolvieron con las sábanas que le habían quitado a una cama y cuando estaban a punto de hacer estallar unas granadas en esa habitación, una oración en voz alta que hizo la inocente hija menor del matrimonio –quien para ese tiempo tenía solo 6 años–, pidiéndole ayuda a Dios, hizo que los soldados desistieran de su cometido y se retiraran de la casa, no sin antes decirle a la atribulada familia Rwakabubu que si otros hutus pasaban por allá, les dijeran que ellos ya habían estado allí.

Una pareja hutu –Nicodeme y Athanasie– que había empezado un curso de la Biblia con un testigo de Jehová tutsi de nombre Alphonse poco antes de que empezara la guerra, ocultó a su maestro en la casa de ellos a pesar de que sabían que estaban poniendo su vida en peligro por eso. En vista de que los vecinos hutus de ellos sospechaban que Alphonse estaba escondido allí, Nicodeme y Athanasie movieron al tutsi a un foso que estaba en el patio de su casa. Oportuna medida, porque durante los 28 días que el Testigo Alphonse pasó en dicho foso, los vecinos hutus de la pareja no dejaron de llegarse hasta allá interesados en ponerle las manos encima al tutsi si lo encontraban. ¡Se salvó Alphonse! A dos testigos de Jehová hutus llamados Leonard y Charles los mataron los milicianos hutus cuando descubrieron que estaban ayudando a tutsis. Un matrimonio de testigos de Jehová tutsis de apellido Mutezintare, que habían estado a punto de ser asesinados a golpes, tuvieron que encargarse después de la guerra, aunque ya tenían 2 niñas, de 6 huérfanos, pues muchos de sus familiares sí murieron en la masacre. Dos Testigos hutus más, hermanas de sangre entre ellas, y de apellidos Musabyimana y Musabwe, respectivamente, pudieron esconder y proteger a 9 tutsis en su casa, entre ellas, 2 mujeres embarazadas, a una de las cuales le habían asesinado los extremistas el esposo, porque los milicianos que querían que les entregaran a sus protegidos se enteraron de que la casa que ellas ocupaban era de un oficial del ejército. Otro testigo de Jehová tutsi llamado Alfred Semali cuenta que un compañero Testigo suyo de la etnia hutu de nombre Athanase los escondió a él, a otros tutsis y –cuando los combates arreciaron en la zona donde vivían– a su propia familia hutu, en una especie de sótano construido por él antes de que empezara la guerra a 3 metros de profundidad bajo tierra, dentro de su casa. Allí estuvieron esos 16 seres casi 2 semanas comiendo por persona una cucharada diaria de arroz crudo remojado en agua con azúcar. Los soldados del Frente Patriótico Ruandés no lo podían creer cuando, después de ellos haber tomado la zona, vieron salir de ese escondite tan minúsculo a todas esas personas, aunque más asombrados quedaron todavía cuando se dieron cuenta de que en el grupo había hutus y tutsis. Por supuesto que Alfred Semali intercedió exitosamente ante los soldados tutsis del Frente por Athanase y su familia. Semali cuenta que él sobrevivió también de milagro, pero que perdió a su hermano, su hermana, sus cuñados y todos sus sobrinos en la guerra –¡una locura!–, todos ellos testigos de Jehová.

Albert Bahati es el nombre de otro testigo de Jehová hutu que, a pesar de que sabía que estaba poniendo su propia vida en peligro, pues los milicianos del Interahamwe no le quitaban los ojos de encima, escondió y protegió en su casa a 20 personas, entre estas, a familiares suyos, vecinos y hermanos de religión: hombres, mujeres y niños. En un día que salió de su casa para acompañar hasta un camino seguro a unos Testigos tutsis que habían ido hasta allá a buscar algo de comer, recibió un impacto de metralla en un ojo. Aunque no perdió la vida, pues se le atendió en un hospital, nunca recuperó la visión de ese ojo. Apenas en octubre de ese año 94 fue que pudo reunirse con su familia. Por cierto, a este señor, el gobierno, hutu como él, lo había llevado a prisión en 1988, donde se le maltrató severamente, por rehusarse a portar en su ropa la insignia de metal del partido oficialista. A otro testigo de Jehová hutu llamado Gaspard Niyongira, un soldado, hutu también, le abrió la cara golpeándosela con la culata de su rifle cuando lo descubrieron buscando leche para un bebé tutsi. Después, varios de los tutsis que él salvó lo defendieron cuando efectivos del Frente estuvieron a punto de ejecutarlo por confundirlo con un miliciano del Interahamwe. Cuando la guerra comenzó ya tenía años de casado con una tutsi, con la cual había procreado dos niñas. Ellas tres también se salvaron.

Otro matrimonio de testigos de Jehová –tutsis los dos– que se salvó de broma –como decimos aquí en Venezuela– fueron Jean y Chantal Mugabo. El 7 de abril, los soldados y milicianos hutus que estaban asaltando los hogares tutsis encontraron a Jean, lo arrestaron y apalearon. Él logró escapárseles y se refugió con otro Testigo en un Salón del Reino, como se le conoce a los lugares de reunión de los testigos de Jehová, que antes había sido una panadería. Allí pasaron varias semanas escondidos mayormente entre las láminas metálicas del tejado y el falso techo, literalmente asándose por el calor en el día, y agachados en un agujero que le hicieron a la chimenea que había quedado de la panadería, hasta que el 16 de mayo, la Testigo hutu –su nombre es Charlotte– que a escondidas les llevó comida todo ese tiempo, aunque muy cerca había estado un control de carretera del Interahamwe, les dijo que ya podían salir porque el Frente Patriótico había tomado la zona. Mientras, Chantal, la esposa de Jean, que pudo escapar de su casa con su bebé sin ser vista el viernes 8 de abril, logró llegar con dos compañeras testigos de Jehová, una tutsi y la otra hutu –Suzanne e Immaculée–, a la casa de un familiar hutu de Immaculée, Testigo también, llamado Gahizi, quien vivía en una aldea a las afueras de Kigali. Chantal estaba tratando de llegar a Bugesera, un pueblo ubicado a cerca de 50 kilómetros de Kigali, donde vivían sus padres, con quienes estaban las otras 2 hijas del matrimonio. Cuando los soldados y el Interahamwe se enteraron de que Gahizi, aunque hutu, estaba protegiendo a tutsis, lo ejecutaron y se llevaron a Chantal y a las demás a un río para matarlas. De repente los soldados empezaron a discutir entre ellos, y se cuenta que uno le dijo a otro: “No mates mujeres, nos traerá mala suerte. Ahora solo hay que matar hombres”. Entonces, un Testigo hutu que los había seguido llamado André Twahirwa las rescató, las trasladó hasta su casa, las alojó, a pesar de las protestas de sus vecinos hutus, y al otro día, valiéndose de la ayuda que le proporcionaron otros 2 Testigos hutus –Simon y Mathias– las hizo pasar a través de varios controles carreteros hasta llevarlas a un lugar seguro de vuelta en Kigali. De allí fueron cambiadas a otro sitio más adecuado por un Testigo hutu llamado Védaste Bimenyimana, quien también había tenido que esconder a su familia, pues esta corría peligro por ser la esposa de él tutsi. Todo este grupo sobrevivió, pero tras el fin del genocidio, el matrimonio Mugabo se enteró de que más de 100 familiares suyos, entre ellos, los padres de los dos y sus dos hijitas, de solo 2 y 5 años de edad, habían sido asesinados. Hace unos años contaron que por Dios y por su esperanza para el futuro era que no habían perdido el juicio por la desgracia que les había tocado vivir.

Otro testigo de Jehová tutsi que vivió para contarlo fue Tharcisse Seminega, de Butare, a 120 kilómetros de Kigali, en el sur ruandés. Él cuenta que a poco de haber sido tumbado el avión del presidente Habyarimana y de haber comenzado el genocidio, unos Testigos hutus trataron de ayudarlos a huir por la frontera con Burundi, pero no se pudo porque el Interahamwe ya controlaba carreteras y caminos rurales, y porque 4 soldados fuertemente armados vigilaban su casa, aunque no se sabe por qué no habían atentado aún contra ellos. Temprano, en una de las primeras noches del conflicto, un Testigo hutu logró entrar a la casa del señor Seminega con un breve permiso de los militares, y logró llevarse a su casa a dos de los hijos de él. Más tarde, 2 Testigos hutus más, llamados Justin Rwagatore y Joseph Nduwayesu, lograron llevarse al resto de la familia a la vivienda de Justin. Pero como al otro día los vecinos hutus de Justin se enteraron de que el joven tenía tutsis dentro de su casa, hubo que sacarlos de allí, más cuando un amigo hutu de Justin llamado Vincent llegó a avisarles de que la milicia Interahamwe iba a asaltar la casa para matar a todos sus ocupantes. El hutu Vincent ayudó a ocultar a todos en la maleza de las cercanías y por la noche los llevó hasta su casa. Luego los ocultó durante un mes en una choza circular de barro y techo de paja y sin ventanas que tenía en su propiedad. Allí estuvieron todo ese tiempo, con Vincent llevándoles comida, callados, escuchando los comentarios de satisfacción que hacían los hutus que pasaban por un camino cercano acerca de las horrendas matanzas en las que estos estaban participando. Llegó un momento en que, debido a que a la zona llegaban cada vez más milicianos hutus que venían de Kigali huyéndole al Frente Patriótico Ruandés, se hizo necesario, cierta noche lluviosa, sacar a los Testigos tutsis de la choza y trasladarlos hasta la casa de otro Testigo hutu en la que había sido construida bajo el suelo una especie de bodega. A esa casa, en la que en la “bodega” ya había 3 refugiados tutsis, llegó el grupo después de una peligrosa caminata que duró 4 horas y media. En ese improvisado escondite, que medía solo 2 metros cuadrados, sin contar el estrecho túnel por el que se accedía gateando a este, estuvieron refugiados Seminega, su esposa, sus 5 hijos y 3 tutsis más –un total de 10 personas–, seis semanas, atendidos por los hutus, que les llevaban comida y medicinas. Salieron de allí el 5 de julio de 1994, cuando Vincent les avisó que el Frente había tomado control de Butare. El Testigo Seminega cuenta que salieron tan pálidos del escondite que algunos pensaron que eran extranjeros. Les tomó tiempo recuperarse emocionalmente.

Tres testigos de Jehová más, en este caso extranjeros, que se salvaron por muy poco de ser masacrados, fueron el holandés Henk van Bussel y el matrimonio compuesto por Godfrey y Jennie Bint. El también tristemente famoso jueves 7 de abril de 1994, por la mañana, después de entrar a la casa de un vecino, robar su auto y matar a su esposa, un grupo de soldados y civiles trató de entrar a la casa de los 3 Testigos extranjeros, pero al rato se retiraron sin forzar la puerta. Al otro día, viernes 8, regresaron –al grupo de saqueadores lo componían más de 40 personas, entre hombres, mujeres y niños–, y esta vez saltaron la cerca de la casa que daba hacia la calle, entraron a la vivienda haciendo pedazos puertas y ventanas, y mientras volcaban todo, empezaron a tratar de echar abajo la puerta del baño donde se habían escondido van Bussel y los Bint. Al ver que no tenían escapatoria ellos decidieron abrir la puerta y salir. Godfrey Bint relata en el Anuario para el año 2012 de los testigos de Jehová, que los hombres del grupo de saqueadores “actuaban como locos y estaban drogados”, y que los amenazaron con machetes y cuchillos. Uno de los hutus golpeó con el lado liso de su machete al holandés van Bussel en la nuca, haciéndolo caer dentro de la bañera. Otros le pidieron dinero al señor Bint, quien, después de dárselos, vio cómo se peleaban como lobos por este. Nos les hicieron más daño porque un joven que integraba el grupo parece que los reconoció –Bint cuenta que quizás ellos le habían predicado en el pasado–, los agarró, los llevó de regreso al baño y les pidió que cerraran la puerta, que él se encargaría de salvarlos. Cuando el saqueo de la vivienda terminó –luego como de media hora–, el muchacho volvió y los sacó de la casa. Después, unos soldados de la Guardia Presidencial los llevaron hasta la residencia de un oficial que vivía cerca. De allí el mismo militar los trasladó hasta un conocido hotel en el que ya estaban muchos otros refugiados, y el 11 de abril fueron movidos por una ruta alterna al aeropuerto de Kigali, desde donde volaron a Nairobi, Kenia. Por muy poco se salvó esta gente.

Pero los problemas para el grupo religioso de los testigos de Jehová no terminaron con el fin de la guerra en Ruanda. El Testigo Justin Rwagatore, uno de los hutus que ayudó a salvar a la familia tutsi Seminega, y quien había sido encarcelado en 1986 por el gobierno nacional hutu por negarse a participar en actividades políticas, fue arrestado por la misma razón, junto con dos Testigos más, por el gobierno nacional del tutsi Frente Patriótico Ruandés. ¡Qué locura! Una delegación de testigos de Jehová tutsis lo defendió y le hizo ver al nuevo gobierno el aporte del señor Justin para la salvación de varios tutsis durante el genocidio, consiguiendo así la liberación de él y de los demás presos. Otro par de testigos de Jehová más que se enfrentaron a situaciones peligrosas en el noroeste ruandés incluso después del fin del genocidio, fueron el hutu Theóbald Munyampundu y su esposa, hutu también, Berancille, y eso que en plena guerra le salvaron la vida a varios tutsis y que, antes de eso, por allá por 1986, funcionarios gubernamentales, hutus como él, habían encarcelado a Theóbald, junto a otros Testigos, por negarse a apoyarlos políticamente. Antes de liberarlo lo sometieron a fuertes golpizas. Otra cosa lamentable a este respecto que no puede dejar de publicarse es el hecho de que más o menos entre 1996 y 2011, cientos de testigos de Jehová fueron arrestados por las nuevas autoridades ruandesas por negarse a ser parte de patrullajes nocturnos dirigidos por el ejército, además de que poco antes del año 2011, 215 ruandeses testigos de Jehová que trabajaban como maestros fueron despedidos por no querer asistir a un seminario con tintes claramente políticos. Nos recuerda este último reporte que en 1986 el gobierno hutu destituyó al testigo de Jehová Augustin Murayi de su puesto como director general del Ministerio de Educación Primaria y Secundaria debido a su neutralidad cristiana, loable actitud de parte de él que lamentablemente fue fuertemente criticada por la prensa y la radio ruandeses. Y por allí por 2011, aunque después de muchos meses pudieron regresar a clases, 118 jóvenes estudiantes testigos de Jehová fueron expulsados de varias escuelas por rehusarse, aunque muy respetuosamente, a cantar el himno nacional ruandés.

Pero todavía hay más que decir en este sentido. El gobierno tutsi ruandés encarceló en 1997 y 1998 al testigo de Jehová Francois-Xavier Hakizimana por su neutralidad política, aunque el gobierno hutu también lo había encarcelado durante 18 meses por la misma razón en 1986. ¡Francamente! Cuando la violenta guerra civil que estalló en el Congo poco tiempo después del fin del genocidio en Ruanda obligó a cientos de miles de refugiados ruandeses a volver a su país natal, lamentablemente muchos milicianos del hutu Interahamwe aprovecharon y se colaron entre ellos. Ya de vuelta en Ruanda, tercamente hicieron nuevos intentos por desestabilizar al nuevo gobierno reagrupándose en el noroeste del país. El gobierno nacional tutsi envió tropas a combatirlos, y en dichos enfrentamientos, entre 1997 y 1998, justamente por no ponerse a favor ni de unos ni de otros, nada más y nada menos que 100 testigos de Jehová fueron ejecutados.

Pero no puedo seguir adelante en este viaje que he hecho al pasado, a la lóbrega Ruanda de 1994, sin contarle brevemente al mundo entero la historia del testigo de Jehová Eugène Ntabana y su familia, historia que, cuando supe de ella por primera vez, me conmovió profunda y perennemente. El tutsi Eugène Ntabana vivía con su familia –esposa y dos hijos– en Kigali. El número del 1 de noviembre de 1996 de la mundialmente conocida revista La Atalaya dice que cuando este Testigo explicaba el tema de la neutralidad cristiana propia de su religión a sus vecinos de siempre, les hablaba de la trepadora planta tropical conocida como bugambilla. “Aquí en Kigali –explicaba Eugène–, la bugambilla produce flores rojas, rosadas y, a veces, blancas. Sin embargo, todas pertenecen a la misma familia. Lo mismo sucede en el caso de los seres humanos. Aunque seamos diferentes en lo que respecta a raza, color de piel o antecedentes étnicos, todos pertenecemos a la misma familia, la familia humana”. La Atalaya termina diciendo que “pese a su naturaleza pacífica y postura neutral, la familia Ntabana fue asesinada trágicamente por una chusma sedienta de sangre. Pero murió fiel” a sus principios profunda y genuinamente cristianos.

Eugène Ntabana con su familia. Pese a ser personas pacíficas y políticamente neutrales, en pleno genocidio todos fueron masacrados en Kigali, la capital ruandesa. Foto: La Atalaya, 1 de noviembre de 1996.

LA RESPONSABILIDAD DE LOS POLÍTICOS EXTRANJEROS

¡Y los políticos extranjeros! ¡Cuánta responsabilidad tuvieron los políticos extranjeros en la catástrofe ruandesa! Wikipedia cita al general Roméo Dallaire, quien dio a entender muy acertadamente que ni Bélgica ni Francia ni Alemania, aunque eran países que tenían intereses en la zona, y que sabían lo que estaba pasando, hicieron algo ellos, ni dieron a la ONU la información necesaria respecto a lo que se veía venir en suelo ruandés ni respecto a lo que pasó después, aunque, en el caso de Francia, el país galo sí le había dado apoyo logístico y militar al gobierno de Habyarimana. Más bien, se informa que cuando el Frente Patriótico Ruandés comenzó a ganarle terreno a las fuerzas gubernamentales ruandesas, elementos del ejército francés acantonados en las cercanías permitieron que las milicias hutus y responsables de las primeras matanzas se refugiaran en lo que Wikipedia llama “zonas seguras” fronterizas para que no cayeran en manos del Frente, y permitiendo también –que fue lo que más me asombró y decepcionó– que dichos criminales “controlaran la gestión de la ayuda humanitaria”. ¡Tienen grado de responsabilidad! Hay más. Valiéndose de su puesto como ministro de asuntos exteriores de Egipto, antes de la masacre, un tipo proveyó de manera ilegal al gobierno ruandés de armas de manufactura egipcia que fueron utilizadas en dicha masacre. ¡Es responsable! Kofi Annan, quien después llegó a ser secretario general de esa cosa que no sirve para casi nada que es la ONU, y que para la época en la que ocurrió el genocidio ruandés era Coordinador de las Operaciones de las Fuerzas de Paz de esa organización, dice Wikipedia que le ordenó al oficial que dirigía la misión de pacificación en la zona de la ONU (la UNAMIR) y que quería hacer algo por salvar a la mayor cantidad de personas posible, que no, que se mantuviera al margen. ¡Tenía responsabilidad Kofi Annan también! El gobierno nacional chino, por, entre otras cosas, no averiguar si era verdad que los quinientos mil machetes que funcionarios del gobierno ruandés le estaban comprando a China –quizá con parte de los 134 millones de dólares que les habían dado tanto el Banco Mundial como el Fondo Monetario Internacional– iban a ser utilizados para arar la tierra y no para matar gente –cuándo es que se labra la tierra con machetes–, como, en efecto, para eso fueron utilizados, también tiene grado de responsabilidad.

El señor Kofi Annan, quien después llegó a ser secretario general de la ONU, le ordenó al oficial que dirigía la UNAMIR, y quien quería salvar a la mayor cantidad posible de personas, que se mantuviera al margen, que no interviniera. Foto: Internet

El expresidente estadounidense Bill Clinton también tiene responsabilidad, pues el genocidio en Ruanda ocurrió cuando él era el presidente de los Estados Unidos, y una fuente confiable comenta que este señor declaró que la nación que él gobernaba no iba a intervenir porque supuestamente ‘los intereses que estaban en juego no justificaban el empleo de la fuerza militar de su país’. ¡Es responsable! La ONU y su secretario general de aquel tiempo, el señor Boutros Boutros-Ghali, son también responsables. ¿Por qué lo digo? Porque refiriéndose a Ruanda, en cierto momento del conflicto, el señor este dijo: “No es solo un fracaso de las Naciones Unidas, sino también de la comunidad internacional, y todos compartimos la responsabilidad. Se ha cometido un genocidio. Más de doscientas mil personas han sido asesinadas y la comunidad internacional aún sigue discutiendo qué hacer”. El 26 de mayo de ese año –1994, en plena efervescencia de la guerra en Ruanda– se hizo público que, según Boutros Boutros-Ghali, se le había escrito desde el secretariado general de la ONU a más de 30 jefes de estado casi que suplicándoles que enviaran tropas, y que en persona él “había colaborado con diversas organizaciones en un esfuerzo por encontrar una solución”. Boutros-Ghali mismo comentó: “Por desgracia, he fracasado. Es una vergüenza. Soy el primero en reconocerlo”. Una revista dijo que ‘pocas naciones africanas podían costear el envío de tropas, sobre todo porque la ONU se había atrasado en el pago de los reembolsos debido a la crisis financiera por la que atravesaba’ en aquel tiempo. Y The New York Times agregó que el secretario general de la ONU le había echado la culpa a lo que se llamó “la fatiga del donante”, porque a los países que proporcionaban recursos financieros y personal ‘se les estaba pidiendo que donaran para diecisiete diferentes operaciones de dicha organización’. También tengo que decir que hasta después de que la guerra en Ruanda terminó oficialmente, a los políticos extranjeros se les siguieron viendo las costuras que dicha guerra sacó a relucir de estos, pues hace poco supe que el país al que fue a exilarse el depuesto gobierno hutu ruandés –¿sería Zaire, como anteriormente se llamaba a la República Democrática del Congo?– le permitió a ese gobierno desde su propio suelo, utilizar los campos de refugiados que se habían creado en países limítrofes para desestabilizar el nuevo gobierno del Frente Patriótico Ruandés al que, por cierto, mucha gente también le reclama por no actuar más decididamente cuando eran un cuerpo insurgente para prevenir el genocidio.

Bill Clinton. Era presidente de Estados Unidos cuando ocurrió el genocidio en Ruanda. En aquellos días dijo que Estados Unidos no iba a intervenir en el conflicto ruandés porque supuestamente ‘los intereses que estaban en juego no justificaban la intervención de fuerzas militares de su nación’. Foto: RT.
Boutros Boutros-Ghali, secretario general de la ONU en 1994. Fue este señor el que dijo, a poco de haber comenzado el genocidio ruandés, esto: “No es solo un fracaso de las Naciones Unidas, sino también de la comunidad internacional, y todos compartimos la responsabilidad. Se ha cometido un genocidio. Más de doscientas mil personas han sido asesinadas y la comunidad internacional aún sigue discutiendo qué hacer”. Foto: Internet.

CÓMO LE FUE A OTROS DE LOS CULPABLES

Una pregunta interesante que surge, entre tantas, es si, aparte de los religiosos que ya están en prisión, se juzgó a otros de los implicados en el genocidio de Ruanda en 1994.¡Sí! En noviembre de 1994, más exactamente el día 8 de ese mes, el Consejo de Seguridad de la ONU creó el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, y este tribunal, y varias cortes ruandesas, llegó un momento en que habían procesado a unos 700 responsables de la masacre. Jean Paul Akayesu, antiguo alcalde de un centro poblado llamado Taba, fue puesto bajo arresto en Zambia el 10 de octubre de 1995 por su presunta participación en la carnicería humana de su país. Se le juzgó, se le encontró culpable de genocidio y de crímenes contra la humanidad, y el 2 de octubre de 1998 fue sentenciado a cadena perpetua. Cumple su condena en el país africano de Malí. Un tal Theoneste Bagosora también fue juzgado y encontrado culpable de lo que se le acusaba. Recibió cadena perpetua. Fue esa bestia humana el responsable de la violenta muerte de opositores al gobierno hutu, del cobarde asesinato de la ministra hutu moderada Agathe Uwilingiyimana y del horrendo crimen de los 10 soldados belgas que habían sido enviados para rescatar a la señora Uwilingiyimana la mañana del jueves 7 de abril de 1994. Los militares Aloys Ntabakuze y Anatol Nsengiyumba también fueron procesados y condenados por su participación en el genocidio. Y el famoso cantante ruandés Simon Bikindi fue condenado merecidamente a 15 años de prisión por un discurso que dio en 1994 en el que instó a ruandeses hutus a matar tutsis.

Pero la noticia fresca que, al respecto, no puedo dejar de compartir con todo el que pueda –ya se lo conté a mamá y, por cierto, se alegró mucho– es que hace un par de días –hoy es 18 de mayo– @evtvmiami informó que en la madrugada de ese día sábado, cerca de París, Francia, lugar en el que residía con una identidad falsa, fue capturado el millonario ruandés Félicien Kabuga, considerado el principal financiador del genocidio de Ruanda y uno de los individuos más buscados del planeta por los organismos policiales, hoy con 84 años de edad. El Ministerio de Justicia de Francia fue quien dio el aviso de la detención. La cuenta de Instagram mencionada comenta que el fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, el señor Serge Brammertz, destacó que la detención el pasado sábado de Félicien Kabuga ‘era un recordatorio de que los responsables del genocidio debían rendir cuentas, incluso 26 años después de sus crímenes’.

Félicien Kabuga, el principal financiador del genocidio en Ruanda, capturado el pasado sábado 16 de mayo en su escondite cerca de París, Francia. Foto: Internet.

EFECTOS DE LA CATÁSTROFE SOBRE LA FAMILIA Y LA INFANCIA RUANDESAS

¡Qué consecuencias tan horribles ha dejado el genocidio de 1994 en la sociedad ruandesa! A propósito, la revista ¡Despertad! del 8 de febrero de 2005 define la palabra genocidio como “exterminación sistemática y organizada de todo un grupo nacional, racial, político o étnico”. El de Ruanda fue un genocidio político y étnico. Respecto al daño que supuso para los niños que sobrevivieron a esa catástrofe, el número de la revista ¡Despertad! del 22 de octubre de 1997 dice lo siguiente: “En un estudio de 3.000 niños ruandeses se descubrió que el 95% había presenciado actos de violencia y matanzas durante el genocidio y que cerca del 80% había perdido algún familiar. Casi una tercera parte de ellos habían sido testigos de alguna violación o ataque sexual y más de una tercera parte habían visto a otros niños colaborar en matanzas o palizas. Semejantes experiencias destrozan la mente y el corazón de los niños”. Ese número de ¡Despertad! cita de un informe sobre niños traumatizados por la guerra de la antigua Yugoslavia, que podemos tener la plena seguridad de que es un retrato perfecto de las consecuencias del genocidio de 1994 sobre la psique de los niños ruandeses. Dice el informe: “El recuerdo de los hechos permanece en ellos, provocando pesadillas extremas, representación diaria de escenas retrospectivas relativas a acontecimientos traumáticos, miedo, inseguridad y amargura”. Otro ejemplo más que está en esa revista que ilustra muy bien las desastrosas consecuencias emocionales sobre la infancia ruandesa superviviente de la guerra civil de 1994 –porque a relatos como ese se les encuentra por miles en Ruanda–, es lo que le pasó a Shabana, una niña de solo ocho años de edad de la India que “vio como una chusma mataba a golpes a su padre y luego decapitaba a su madre. Su mente y su corazón siguen sin reaccionar, ocultando el horror y la pérdida. ‘No echo de menos a mis padres –dice con voz apagada, impasible–. No pienso en ellos’”. ¡Despertad! termina diciendo que a poco de haber terminado el genocidio en Ruanda, un psicólogo del Centro Nacional de Recuperación de Traumas había emitido este informe: “Entre los síntomas que manifiestan los niños se encuentran las pesadillas, la dificultad de concentración, la depresión y un sentimiento de desesperanza para el futuro”.

Del millón de muertos que dejó como resultado la guerra civil y el genocidio en Ruanda, un tercio fueron niños. A los que sobrevivieron, la catástrofe los destrozó emocionalmente. Foto: Sopitas.com.

Sí, los niños y la familia ruandesa en general salieron muy golpeados del genocidio, en todo sentido. La guerra desgració la infancia ruandesa, como ya vimos, y separó a muchas familias. Algunas no se reencontraron. Para otras y los niños que las componían la historia tuvo un final feliz, pero fueron la excepción, no la norma. Y un caso de estos al cual quiero referirme es, por cierto, el de una pequeña familia de testigos de Jehová y su único hijo. Se trata de la familia Murinda. Cuando los combates entre el gobierno y el Frente Patriótico Ruandés se intensificaron en la capital, el caos reinante separó de su esposa al señor Oreste Murinda, quien logró huir a la ciudad de Gitarama –hoy Muhanga–, con el hijo de la pareja, de 2 años y medio de edad. Se cuenta que un día en el que Oreste salió a buscar algo de comer se desató en Gitarama un violento enfrentamiento que le hizo no poder hallar a su hijito. Cuando el conflicto en toda Ruanda terminó, los Murinda pudieron reencontrarse, pero el niño nunca apareció. En 1996, cuando la pareja ya había dado por fallecido a su hijo, llegó procedente del campo a Kigali por razones de trabajo un señor. Este les contó a unos compañeros de religión de los Murinda que vecinos suyos tenían en la fronteriza ciudad de Gisenyi –hoy Rubavu– unos parientes a los que les habían matado sus hijitos en el genocidio y estaban cuidando a un huerfanito. El Anuario para el año 2012 de los testigos de Jehová dice que “el niño recordaba el nombre de su padre y decía que sus papás eran testigos de Jehová”. Como los Testigos que escucharon la historia “conocían a los Murinda, se pusieron en contacto con ellos. La pareja le enseñó fotos de su hijo al hombre, y resultó que era el mismo niño. Oreste fue inmediatamente a buscarlo. Por fin, tras dos años y medio, su familia volvía a estar junta”. Da como una mezcla de tristeza con alegría saber que, como dice el Anuario, hubo testigos de Jehová “que incluso se encargaron de los huérfanos de sus vecinos, así como de sus parientes no Testigos. Una pareja que ya tenía diez hijos propios acabó cuidando a diez niños más”, así de duro golpeó a la familia y a la niñez ruandesa el genocidio de 1994.

¡POR QUÉ TUVO QUE PASAR ESO!

¡Por qué tuvo que ocurrir la catástrofe de Ruanda! ¿Qué explicación se le puede dar a esa porquería en sumo grado que barrió la hermosa geografía ruandesa en 1994? La revista inglesa The Economist se hizo, en el mismo año 94, una pregunta parecida: “¿Qué explicación puede haber para la espantosa sed de sangre que se ha despertado súbitamente en Ruanda?” Porque, como la misma revista dijo en aquella época, ‘ni siquiera las viejas hostilidades étnicas explicaban la matanza que se estaba llevando a cabo’ en un pequeño país en el que las diferencias entre las gentes de los dos principales grupos étnicos que lo componían eran solo unos centímetros de estatura –los tutsis son más altos que los hutus– o de músculo –los hutus son más musculosos que los tutsis–, porque en otros campos no había absolutamente ninguna otra diferencia. The Economist terminó diciendo –mucha atención con esto–: “Pero ahora se han vuelto unos contra otros, y no con morteros impersonales ni con rifles de largo alcance, sino con machetes, azadones, garrotes o a puñetazo limpio. Los vecinos se matan entre sí, incluso los amigos de toda la vida. Hombres, mujeres y niños han sido masacrados por igual. ¿Cuál es la causa? Nadie parece conocerla”.

Ahora miremos lo que conseguí en el número de la revista La Atalaya del 1 de septiembre del pasado año 2011, a poco más de 17 años de haber terminado el genocidio de Ruanda –leamos esto cuidadosamente, porque es interesante lo que se dice allí después del planteamiento de la pregunta “¿Hay alguien detrás de toda la maldad?”–: “Al recordar el genocidio que tuvo lugar en Ruanda en 1994 y el fracaso de las fuerzas de la ONU a la hora de detenerlo, el comandante en jefe de las tropas de ese organismo en dicho país dijo que fue como si le hubiera estrechado la mano al Diablo. Otro testigo de aquella masacre hizo un comentario similar: ‘Nadie que haya visto una fosa común en Ruanda se atrevería a negar la existencia de Satán’. Pues bien, ¿es el Diablo responsable de barbaries como esa?

”La mayoría de la gente no cree que estos casos de extrema violencia y crueldad sean obra de un espíritu maligno. Muchos piensan que la verdadera causa hay que buscarla en nuestra propia naturaleza, en nuestros instintos más oscuros. Otros le echan la culpa a un grupo exclusivo de ricos y poderosos que supuestamente llevan décadas conspirando en las sombras para dominar el mundo. Y también están los que achacan toda la injusticia y sufrimiento a los distintos gobiernos y dirigentes.

”Y usted, ¿qué piensa? ¿Por qué abundan tanto la maldad, la crueldad, el salvajismo y el sufrimiento a pesar de los esfuerzos por eliminarlos? ¿Por qué parece que los seres humanos, haciendo oídos sordos a las advertencias, siguen avanzando hacia su propio exterminio? ¿Hay algún responsable detrás? ¿Quién domina realmente el mundo? Es posible que la respuesta le sorprenda”.

EL GENOCIDIO DE RUANDA Y YO

A manera de resumen, hay que decir que una explosiva mezcla de varias cosas fue lo que ocasionó el holocausto ruandés. Por supuesto que el antagonismo étnico enquistado hasta la médula en la sociedad ruandesa jugó un papel muy importante. ¡Ya lo vimos! Y si a esto le agregamos la intromisión del elemento política…, bueno. Además hay que poner en la mesa –también hablamos de eso ya– la influencia, para que la catástrofe se diera, de las religiones supuestamente cristianas que nunca ayudaron a la sociedad ruandesa a quitarse de encima el horrible lastre del tribalismo, sino que, más bien, lo potenciaron hasta niveles estratosféricos. Y a todo este “envidiable” coctel hay que agregarle otro elemento no menos horrible: lo embadurnadas que están casi todas las sociedades nacionales africanas con las diferentes variantes de lo que se conoce como espiritismo u ocultismo, que, a propósito, hay que decir que es uno de los causales del fracaso como sociedad de países que tienen una gran influencia africana sobre sí mismos, como Haití, Brasil y Venezuela, entre otros.

El antagonismo por diferencias étnicas es una estupidez. Ya lo decía el señor Ntabana en la Kigali de antes del genocidio: aunque seamos un poco diferentes externamente, todos los seres humanos pertenecemos a la misma familia, la familia humana, porque descendemos de un tronco común. Eso está comprobado científicamente. De manera que sí, es estúpido, es un defecto moral, odiar a otros y pelearse con esos otros porque por fuera sean solo un poco diferentes a nosotros, ni mejores ni peores que nosotros, solo un poco diferentes. Con respecto a la intervención del elemento política en la catástrofe a la que estamos haciendo alusión, cómo no recordar que hasta la Biblia dice que la política, en todas sus formas y variantes, lo que ha servido es para hacer sufrir al ser humano. ¿No escribieron en el pasado el rey Salomón y el famoso profeta también hebreo llamado Jeremías que siempre, siempre, ‘el hombre había gobernado al hombre solo para perjuicio suyo, para su propio mal’, y que el ser humano ‘no era dueño siquiera de su camino’, que no sabía siquiera ‘dirigir su propio paso’? ¡Es verdad! Desde que el hombre apareció en el continente asiático –porque el ser humano no apareció en África; Asia es la verdadera cuna del hombre–, los esfuerzos que se han hecho para que unos gobiernen a otros, como ha sido buscando el beneficio egoísta de unos pocos, solo han servido para traer sufrimiento a la gran mayoría de la gente, porque si un ser humano no puede gobernar con éxito sus propias emociones, si un ser humano no puede gobernar con amor a su esposa y a sus hijos, que son su prójimo más cercano, ¿hay algo que nos garantice que va a gobernar exitosamente a otros, es decir, a millones de personas? ¡Por favor! Se apartó el ser humano de Dios, no quiso que él lo gobernara, y lo ha pagado muy caro. Por eso es que la gente que me lee sabe que yo estoy entre los millones de personas que anhelan que la política desaparezca pronto de la faz de la Tierra. Y lo bueno es que ese anhelado fin se acerca rápidamente.

¡Y las religiones supuestamente cristianas en Ruanda! Ve uno el trascendental papel que estas jugaron en el genocidio, y no puede evitar recordar que hace ya años el hindú Mohandas Gandhi dijo que él ‘amaba a Cristo’, pero que ‘despreciaba a los cristianos porque no vivían como vivió Cristo’. Y yo me pregunto si los líderes católicos y evangélicos y demás que participaron en las masacres en Ruanda se acordarían en esos tenebrosos momentos, o en los meses en los que se planificaba el genocidio, de todo lo que Jesús predicó respecto al tema del amor al prójimo –que abarcaba hasta el amor a los que lo odiaban a uno–, respecto al tema del perdón, del momento en que corrigió al apóstol Pedro diciéndole que ‘guardara la espada porque todos los que usaban la espada morirían por la espada’ y del momento en que le pidió a Dios –a poco de fallecer torturado–, que perdonara a los soldados romanos que lo acababan de fijar en el madero porque ellos no sabían lo que estaban haciendo. Sí, cuando a la “ensalada” del antagonismo étnico y de la política se le agrega el elemento religioso falso y el espiritismo, cosa asquerosa esta última que se llevaron a África las corrientes migratorias que fueron poblando ese continente procedentes de la cuna del ocultismo, la asiática ciudad de Babilonia, y que –ya lo dije– el falso cristianismo no ayudó a eliminar de esos pueblos –no hay muchas diferencias entre el cristianismo falso y el ocultismo–, pues… ahí tenemos el resultado.

Pero, tal como para que se deguste una buena ensalada se necesita que alguien con conocimientos de cocina sepa mezclar los ingredientes apropiados, igualmente, se necesitaba alguien que supiera mezclar la explosiva lista de ingredientes que ya mencioné, para que el resultado fuera el que vimos que se dio en la Ruanda de 1994. Y el comandante en jefe de las tropas de la ONU en Ruanda que dijo que estar en ese país en la época del genocidio y haber sobrevivido a ese desastre era como haberle dado la mano al Diablo, dio en el clavo con ese comentario porque, aunque a muchos todavía les cueste creerlo, es necesario que la gente termine de convencerse de que fuerzas extraterrestres invisibles y, por supuesto, muy poderosas, hace unos milenios invadieron el planeta, y son justamente esas entidades invisibles sumamente inteligentes, pero también sumamente malignas, sádicas en extremo, las que no solo han llevado al planeta al borde del colapso en sentido ecológico, sino que también han potenciado hasta niveles indecibles lo inclinada que está por naturaleza la sociedad humana apartada de Dios hacia lo que es malo. Como dice el refrán aquí en Venezuela: “El muchacho que es llorón y la mamá que lo pellizca”. El problema es que la mayoría de la gente piensa que es de ingenuos creer en la existencia de una entidad que, tras bastidores, ha movido sus hilos y a sus secuaces para hacerle desgraciada la vida al ser humano. Así, se le ha hecho un gran favor a dicha entidad, pues le permite seguir operando a sus anchas en el anonimato, en la sombras, tras bastidores –como ya dije–, en la oscuridad, y haciendo las cosas de una manera que, después de cada desgracia, Dios termine quedando como el culpable de hechos de los que son totalmente responsables esos seres y esta podrida sociedad humana mundial que ha permitido, como si fuera una marioneta, que se le mueva de allá para acá, a voluntad de sus odiosos titiriteros. Sí, el “inocentón” mundo entero –crédulo para lo que no debe ser crédulo; incrédulo para lo que no debe ser incrédulo–, sigue esperando una invasión extraterrestre que en el futuro venga a consumir los recursos naturales de la Tierra hasta hacerla inhabitable y que barra el suelo con la raza humana, cuando hace tiempo que esa invasión tuvo lugar –léanlo en el Génesis, si no me creen–, haciendo, desde hace rato, que los temores más espantosos y profundos del hombre se hayan hecho una macabra realidad.

Pero las cosas pronto van a cambiar. Lo vamos a ver en nuestra vida. Catástrofes como la del genocidio en Ruanda pronto ni siquiera serán recordadas, ni siquiera “subirán al corazón”. Al Diablo se le quitará el control que tiene actualmente del escenario terrestre. Vienen tiempos mejores. Lo dice la subestimada e infalible Palabra de Dios, y lo digo yo –con lujo de detalles también– en la parte final del capítulo final de mi novela Amanecer en la tierra de las montañas eternas. Espero, como lo digo en Amanecer, que Dios, en su gran misericordia, me permita estar allí, vivo en algún lugar de nuestro amado planeta Tierra, cuando se hagan una preciosa e increíble realidad nuestros sueños más descabellados. Sí, tal vez podamos ir a Ruanda en el porvenir, a mirar las bugamvillas y a tomarnos un cafecito con Eugène Ntabana. ¡Tal vez!

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